enero 2, 2026
En el mal gobierno de Obrador se acumularon más de dos millones de carpetas de investigación sin resolve

Llovía fuerte, casi eran las siete de la noche y, cubriéndose con una sombrillita que justo ahora fallaba, estaban Carlos y Amanda entre risas nerviosas por el percance, buscando dónde protegerse. Les urgía regresar a casa donde aguardaban sus tres niños. Se detuvieron, en una esquina, frente a una sucursal bancaria, intentando resguardarse de la tormenta, cuando un policía se acercó para decirles que estaba prohibido pararse en esa esquina.

=Solo será un momento, respondió Carlos.

No habían pasado ni tres minutos cuando llegaron dos patrullas. Descendieron seis uniformados que, sin explicación, les ordenaron ponerse de espaldas. Con insultos los acusaron de pertenecer a la banda de “Los Chukis”. Entre gritos los subieron por separado a las patrullas. La angustia los invadió: primero por sus hijos solos en casa y luego por la absurda acusación. Pero pronto notaron que las unidades no se dirigían a los separos; en cambio, dieron varias vueltas.

En una calle sin cámaras revisaron a Amanda, sacándole apenas cuatro billetes de veinte pesos. A Carlos le vaciaron los bolsillos: 400 pesos.
Pobres ratas miserables. A ver, quítate los zapatos, ahí traes más, ordenó un agente.

Al no encontrar nada, finalmente condujeron a la pareja al Centro de InJusticia. Eran las 9:30 de la noche. A pesar del miedo, Amanda y Carlos sintieron un pequeño alivio: al menos, pensaron, ahí terminaría todo.

Los llevaron con un comandante. El ambiente era sórdido y pestilente. Los agentes insistieron en que eran delincuentes sorprendidos “en la esquina del banco”. Les pusieron unas esposas viejas y los sentaron en una banca rota. Los minutos se volvieron horas. El cansancio venció la angustia y comenzaron a dormitar. Pasaron minutos, horas y más horas. A las 2.30 de la tarde, del día siguiente, fueron arrastrados por los pasillos; las esposas les mordían la piel.

Muévanse, basura, gritó un agente mientras golpeaba a Carlos. Amanda intentó ayudarlo y recibió una patada.

Entraron a una oficina repleta de papeles y carpetas apiladas. Amanda comprendió que ese lugar, sin cámaras ni testigos, era un terreno donde la ley no existía.

En el mal gobierno de Obrador se acumularon más de dos millones de carpetas de investigación sin resolver. Historias de dolor ocultas bajo un sistema donde los inocentes eran perseguidos mientras los aliados del poder cometían abusos y fraudes sin consecuencias.

El agente arrojó unos expedientes sobre la mesa.

—¿Así que parados “en la esquina del banco”? —preguntó con burla.


Carlos intentó explicar, pero un golpe seco lo dejó de rodillas. Amanda que volteo, recibió una bofetada que la dejó aturdida.

El interrogatorio fue una cadena de golpes, amenazas y provocaciones. Tras horas de maltrato, el responsable escribió algo en la carpeta de investigación.
Listo. Vienen en tres días a ratificar. Y cuidadito con andar de hocicones. Firman aquí.

Antes de dejarlos ir, otro agente remató: La próxima ni los presentamos. La próxima desaparecen.

Los liberaron por una puerta lateral. Amanda cojeaba; Carlos se sujetaba las costillas.

En la esquina, una anciana vendedora, con una dulce sonrisa, les ofreció atole caliente y una torta de tamal sin hacer preguntas.

= Aquí todos sabemos cómo son esos cabrones, dijo.

Mientras tomaban el atole, comprendieron que no eran un caso aislado. Su historia era solo una gota más en el océano de abusos sistemáticos que permanecen sin castigo. Porque en México, donde la ley se aplica según la conveniencia del poder, la verdadera esquina prohibida no es la del banco: es la esquina donde los ciudadanos esperan justicia y nunca llega.

Donde la impunidad no solo existe… reina, mientras guardemos silencio.

Es hora de hacer oír nuestra voz.

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