enero 2, 2026
Nuevo León no puede permitirse más fantasmas presupuestales. El costo de mantener esta opacidad -en corrupción, infraestructura inconclusa y futuro comprometido-

En política, el populismo no solo necesita adversarios: los fabrica. El «enemigo» real o imaginado es el combustible que permite a un Gobierno sostener una narrativa épica mientras aplica políticas populares, costosas y muchas veces financieramente insostenibles.

Sin una oposición fuerte, el populismo la inventa; y sin una alternativa responsable, la oposición se refugia en la comodidad de decir «no» a todo, atrapada en el rol de obstáculo y no en el de arquitecta de soluciones. Este ciclo tóxico termina por degradar la calidad democrática, encarecer el futuro y desgastar la confianza ciudadana.

Romper ese círculo implica cambiar la lógica: pasar de oposición a proposición. Dejar de definir la identidad política en función del adversario y empezar a hacerlo desde la capacidad de articular políticas públicas superiores, viables y evaluables. Lo contrario, quedarse en la trinchera, solo fortalece al populismo que se combate, porque lo alimenta con el antagonismo que necesita para sobrevivir.

La analogía que plantea Linda J. Bilmes, economista y profesora de Harvard, en «The Ghost Budget» permite iluminar el caso de Nuevo León con precisión quirúrgica.

En su análisis del gasto militar tras el 11 de Septiembre, la autora describe cómo se creó un «Presupuesto Fantasma»: más de dos billones para guerras fuera del marco presupuestal normal, vía deuda y fondos opacos. Esa arquitectura evadió escrutinio, disparó costos a ocho billones y desconectó al público de las consecuencias fiscales. Cuando los presupuestos dejan de ser visibles, la democracia se vuelve ficción: los ciudadanos ignoran cuánto se gasta, en qué y qué sacrificios implica. Sin transparencia, florecen derroche, contratos inflados y apatía.

Ese fenómeno es inquietantemente familiar en Nuevo León. Obras clave -líneas 4 y 6 del Metro, camiones nuevos, inversiones del Mundial 2026- muestran patrones de opacidad similar que recuerdan a ese «presupuesto fantasma» descrito por Bilmes. Avances sin claridad en flujos, pagos diferidos a empresas, disputas Ejecutivo-Legislativo y productividad legislativa en caída que favorece operación en sombras. Aunque se asegura que recursos para 2026 están garantizados, la narrativa pública es confusa y poco verificable. Para el ciudadano común, esto no solo erosiona la confianza: vuelve políticamente tóxico cualquier intento de aumentar la recaudación, incluso cuando es necesario.

Porque subir impuestos en un entorno donde no se percibe seriedad en la ejecución, ni transparencia en los contratos, ni claridad en los calendarios de obra, es una causa perdida. La legitimidad fiscal está hoy tan devaluada que cualquier propuesta, por más técnica que sea, nace muerta. El populismo capitaliza esa desconfianza y la oposición, en lugar de construir alternativas creíbles, cae con frecuencia en la reacción automática: bloquear, denunciar, resistir. Pero oponerse sin proponer no corrige el populismo; lo refuerza.

Si Nuevo León quiere escapar de este círculo vicioso, necesita algo más que discursos combativos: requiere una oposición que se convierta en proposición, y un Gobierno que renuncie a la tentación del presupuesto fantasma. Ello implica tres pasos urgentes y concretos.

Primero, auditorías independientes y obligatorias en toda obra pública mayor. Segundo, un sistema de datos abiertos que permita seguir cada contrato, cada modificación y cada pago en tiempo real. Y tercero, vincular explícitamente cada peso gastado con un sacrificio visible: endeudamiento, reasignación o recorte. Sin esta pedagogía fiscal, la desconexión seguirá creciendo.

Nuevo León no puede permitirse más fantasmas presupuestales. El costo de mantener esta opacidad -en corrupción, infraestructura inconclusa y futuro comprometido- será exponencialmente mayor. Pasar de oposición a proposición no es un gesto político: es una urgencia democrática y fiscal. Y es la única vía para recuperar la legitimidad que permitirá financiar, con seriedad y confianza, el desarrollo que el Estado necesita.

Publicado en El Norte, 6 de diciembre.

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