Es la aproximación más cercana que tenemos a lo que fue la Guerra Fría y sus «proxy wars» (guerras por poder), donde la Unión Soviética o China
¿Quién lo hubiera pensado? Las elecciones presidenciales que se realizan hace unos días en Honduras se han convertido en el escenario de una confrontación indirecta entre Claudia Sheinbaum y Donald Trump.
Es la aproximación más cercana que tenemos a lo que fue la Guerra Fría y sus «proxy wars» (guerras por poder), donde la Unión Soviética o China se enfrentaban indirectamente a Estados Unidos o Europa, y cuyas víctimas eran terceros países. Así fue en Vietnam, Congo y Colombia, entre muchos otros.
La confrontación se expresa gráficamente en las acciones emprendidas, entre bastidores o en público, por parte de ambos presidentes.
La presidenta de Honduras, Xiomara Castro, realizó una visita sorpresiva y relámpago unos días antes de las elecciones presidenciales en su país. Fue casi una visita de “comes y te vas”. Tuvo una conversación privada con la presidenta Sheinbaum, para luego agradecer todos los apoyos brindados por México a su país. Entre estos apoyos destacan el programa Sembrando Vida y una nueva etapa de Jóvenes Construyendo el Futuro. Además, se reforzó el apoyo de Pemex y la CFE a Honduras, sin especificar en qué consiste dicho apoyo.
La reunión reforzó los lazos ideológicos y políticos del bloque “socialista” de América Latina, que incluye, además de México y Honduras, a Cuba, Nicaragua, Venezuela y, en menor grado, a Brasil.
Xiomara Castro llegó a México un domingo. Tuvo una agenda repleta de actividades no especificadas el lunes, y fue hasta el martes que se reunió con Claudia Sheinbaum. Según una fuente interna de Morena con conocimiento de los hechos, ese lunes fue para recibir apoyos y planes para reforzar la campaña electoral en su país. El martes, la reunión con la presidenta de México sirvió para confirmar los acuerdos de apoyos tomados el día anterior.
La embajadora Martha Bárcena calificó la visita de “curiosa” en un mensaje en X. Destacó que el partido de la mandataria hondureña podría perder las elecciones, en un ambiente de desorganización electoral y con un ejército con funciones indebidas, generando dudas sobre el futuro de la democracia hondureña.
Lo cierto es que las elecciones en Honduras se realizan en medio del decreto de un Estado de Excepción en todo el territorio nacional, emitido por la presidenta Castro. Ese Estado de Excepción es lo que explica la atribución de funciones extraordinarias a las Fuerzas Armadas de Honduras.
Al ser los militares objeto de particular atención en este caso, el partido de la presidenta de Honduras, denominado Libre, ha postulado a Rixi Moncada como su candidata a la presidencia. Ella ocupó el cargo de Ministra de Defensa con la actual mandataria, por lo que su candidatura pone en el centro de la campaña oficialista el tema del control y la relación con la cúpula militar.
Presuntamente, como respuesta a las acciones de la presidenta Sheinbaum, y siguiendo su visión de promover gobiernos ideológicamente afines al suyo, el presidente Trump ha irrumpido en la elección hondureña, tal como lo hizo en las elecciones recientes en Argentina. Hizo un llamado al pueblo de Honduras a que rechazara los gobiernos socialistas o comunistas, votando mayoritariamente por el candidato del Partido Nacional, Nasry Asfura.
La afirmación de Trump puede calar hondo en un pueblo que sufre una situación económica crítica y la presencia de la violencia del narcotráfico. Trump llamó a los hondureños a votar contra los “narco comunistas”. Además, fue enfático: “Podré trabajar con ‘Tito’ (como es conocido Asfura), pero si siguen los comunistas en el poder, tendré que parar toda colaboración con Honduras”. Amenazó con que también deportaría a hondureños que viven en Estados Unidos.
Esas amenazas fueron el inicio de la campaña de Trump a escasos tres días de la elección. Un día antes Trump indultó al ex presidente hondureño Juan Orlando Hernández, acusado de narcotráfico y por quien la administración de Biden había pedido la extradición, y que actualmente está preso en Estados Unidos. Hernández era, coincidentemente, un presidente emanado de las filas del mismo Partido Nacional de Asfura, el candidato preferido de Trump. Seguramente, la intención de Trump es eliminar una mancha negra de Asfura, por proceder del mismo partido de Hernández, el ahora indultado y “exonerado” ex presidente de Honduras.
Trump estará ejerciendo presión sobre el electorado hondureño, blandiendo dos garrotes. Un garrote son las maniobras y amenazas contra Venezuela, que mantienen a amplios sectores sociales de la Cuenca del Caribe en tensión e incertidumbre. La figura intervencionista y militar tensa a la región, y más a Honduras, con su historial de golpes militares. No es una presión cualquiera.
Otro garrote es la política antiinmigrante del gobierno de Trump. Las remesas son el ingreso más importante de Honduras y de su pueblo. La sola idea de tocar esa fuente de ingresos afecta el estado de ánimo nacional.
Trump está intentando hacer en Honduras lo que hizo en Argentina: probar su capacidad de influir en las políticas internas de las naciones. Máxime si, como en este caso, puede también medirse indirectamente contra el caso latinoamericano más duro de roer: México.
En la coyuntura de las elecciones hondureñas, Trump busca imponer su candidato en la presidencia, quitarle una estrella más al bloque socialista y doblegar, indirectamente, a la mandataria mexicana. Por estas razones, su ataque pretende ser lo más fulminante posible.
Además, le sirve para consolidar la tendencia latinoamericana de preferir gobiernos de centroderecha o derecha, sobre el desfalleciente bloque socialista. Y, de paso, arrinconar aún más a México y a su gobierno “socialista”.
La elección en Honduras y el cerco a Venezuela suman, entre otras cosas, advertencias al gobierno de Claudia Sheinbaum. Así como Xiomara Castro, presidenta de Honduras, no pudo domar a Washington con sus “mínimas” concesiones, Claudia Sheinbaum tampoco lo logrará, ni siquiera con sus “mínimas” concesiones en materia de crimen organizado y reformas económicas a cuentagotas. No serán satisfactorias ni para Trump ni para quien venga después de él, del partido que sea.
Todo esto ocurre cuando México no cuenta con su canciller. Esos vacíos en la función pública, deliberados o producto de situaciones inevitables, sólo sirven para incrementar las dudas sobre la eficacia del gobierno mexicano que trata al mundo con dobles mensajes y un doble lenguaje. Así, México no resulta confiable para los enemigos, pero menos aún para los amigos.
Lo que ambos han dejado en claro es que ninguno dialoga con el otro, ni con sus “opositores” internos. La estrategia compartida entre Trump y Sheinbaum es que no toman prisioneros en su guerra. Todos los enemigos son ejecutables.
La guerra “proxy” entre Sheinbaum y Trump que se libra en Honduras es el prolegómeno de una confrontación más honda y difícil entre los dos vecinos, cuya amistad está viviendo horas de creciente tensión y desgaste. La puesta en escena de Honduras es la prueba más fehaciente de esa confrontación. Si Trump gana su apuesta en Honduras, conlleva el debilitamiento y creciente aislamiento del gobierno de la 4T en toda América Latina. Si gana
Sheinbaum, será una victoria pírrica en el marco de fuertes presiones económicas y migratorias estadounidenses sobre Honduras.
POR RICARDO PASCOE
COLABORADOR
ricardopascoe@hotmail.com
@rpascoep

