A la luz de una visión alineada a la realpolitik, caracterizada por la búsqueda de objetivos prácticos y pragmáticos en lugar de ideales, normas jurídicas o principios ideológicos, los recientes acontecimientos dentro del gobierno mexicano adquieren un significado estratégico. La destitución del fiscal, ejecutada por decisión de la presidenta Claudia Sheinbaum, y la posterior aparición pública de Andrés Manuel López Obrador para respaldarla, constituyen movimientos calculados en el tablero político. Ambos hechos responden a la necesidad de consumar una imposición táctica que fortalezca a la primera mandataria y a su equipo de seguridad.
Este enfoque, centrado en la preservación y consolidación del poder, revela que las acciones tomadas no obedecen necesariamente a consideraciones morales o a la autonomía de los órganos judiciales, sino a la funcionalidad y eficacia en la gestión del Estado. El cambio en la Fiscalía, lejos de ser una simple decisión administrativa, se perfila como una maniobra que busca asegurar la gobernabilidad y el control sobre un bastión de poder armado con la ley, con el código penal en la mano para empezar.
El episodio confirma que la política mexicana sigue siendo un terreno donde la astucia política supera tanto a la pureza moral como a la frágil y púber institucionalidad de las entidades de gobierno, en este caso, representada por una fiscalía que no ha podido ni ha encontrado condiciones para ser independiente de la presidencia.
Sheinbaum y López Obrador jugaron a dueto. Una asegura el presente enviando un mensaje a “colegas” que regatean desde dentro su mando y, sobre todo, a las organizaciones criminales que pelean por actuar impunes construyendo su propia idea de soberanía, mientras que el otro, protege su legado. Si viviera, Nicolás Maquiavelo sonreiría desde Florencia ante la escena.
El poder, al final, no se negocia, se preserva. Las condenas morales que alertan sobre una concentración del mando y la revoltura desaseada del proceso de relevo son útiles para alertar que la democracia mexicana sufrió una abolladura más. Vistas desde la lente descarnada de las tesis maquiavélicas, solo revelan la esencia del poder y su conservación.
En esta lógica no cabe escandalizarse de los actos, sino juzgar únicamente su eficacia. En su multicitado texto, que tomó nada menos que a César Borgia como modelo, Maquiavelo dice que, para hacer prevalecer su poder, el Príncipe -para nosotros la Princesa- debe ser realista y práctico, incluso si necesita usar medios poco éticos para conservar la estabilidad de su mandato. “Un príncipe prudente debe elegir siempre el camino que le asegure la conservación del Estado” apunta, y si necesita dar un golpe sobre la mesa para ejercer su autoridad no debe dudar porque “es mejor ser temido que amado, si no se puede ser ambas cosas.” Los hechos indican que Sheinbaum necesitaba este golpe.
En esta óptica, la justicia no es un ente autónomo, sino un instrumento para consolidar el orden. Una Fiscalía que filtra información a los medios, con datos que comprometen incluso a la plana mayor de la 4T y sus familiares, pero no procede a detenciones; que acuerda por su cuenta quien puede ser testigo protegido, que no controla delegaciones estatales, cotidianamente penetradas por “los malos”, que además no se coordina con quien encabeza el modelo de seguridad que desde Palacio Nacional se está desplegando, no solo dejaba de ser funcional a la presidencia, sino que se convirtió en una pieza de gobierno sin control.
En los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Maquiavelo advertía que quien asume el mando de un Estado y no elimina a los «hijos de Bruto» (aquellos que conspiran o mantienen lealtades al viejo orden o a sus propios intereses), no durará mucho. No era una hipótesis teórica, sino la constatación de las maniobras en que estaban inmersos los políticos de su época y de tantas otras.
La Fiscalía, en teoría autónoma, representa en la práctica real un bastión de poder armado con la ley. Permitir que una figura no alineada totalmente con el «Nuevo Príncipe» controle esta torre almenada era un error de cálculo que “La Princesa” ya no podía permitirse. El mando cambiará de manos y la vara de mando será férrea. Ese es su mensaje. Hay que recordar que quien domina los órganos de justicia asegura gobernabilidad.
La Intervención del «Viejo Príncipe»
¿Era necesaria la reaparición de Andrés Manuel López Obrador para defender a su sucesora? ¿No bastaba con los hechos vistos hasta ahora para dejar en claro las cosas? ¿Debilitó su apoyo a la Presidenta? Ese es el riesgo de sus acciones.
En la política clásica, el predecesor debe desvanecerse, no eclipsar al nuevo gobernante. No puede haber dos soles en el cielo. Para brillar, el nuevo debe oscurecer al anterior. Pero aquí vemos una variación táctica. Sheinbaum, aunque posee la legitimidad legal, aún se encuentra construyendo su autoridad y legitimidad carismática ante su base social, y ha pasado por una etapa en que los últimos acontecimientos -paros, asesinatos de líderes como Carlos Manzo o manifestaciones reprimidas en el Zócalo de la Ciudad de México- retardan o lastiman su consolidación.
La intervención de López Obrador, por demás sobrada y para muchos molesta e incluso detestable, fue necesaria para él para transferir capital político. Al salir en defensa de la Sheinbaum ante las críticas por el cambio en la Fiscalía, AMLO actúa cerrando grietas entre el fundador y la sucesora. Al cerrarlas públicamente, neutraliza posibles conspiradores y “grillos internos”, que critican o regatean el poder de la presidencia, y avisa, nuestro proyecto va.
Maquiavelo advertía que este estilo de juego conlleva un peligro latente. El nuevo príncipe debe cuidarse de no parecer dependiente de las armas ajenas (el apoyo de otro). Si la Princesa necesita constantemente que el «Viejo Príncipe» salga a defender sus decisiones ejecutivas, corre el riesgo de ser percibida no como una soberana con virtud propia, sino como una extensión del poder anterior. Una continuadora que no puede caminar sola, que necesita auxilio constante. Ese es el peligro de seguir recurriendo al Príncipe que se dice retirado.
Al final, el cambio de fiscal es una «crueldad bien administrada». Aquella que se ejecuta de golpe y una sola vez en lugar de pequeñas agresiones constantes que erosionan la confianza.
Si este movimiento permite a la Presidenta alinear la acción de la justicia para defender el estado de derecho con su proyecto de gobierno, habrá cumplido con la máxima suprema: el fin justifica los medios. Seguramente también la usará para sus propios objetivos y no siempre serán los mejores. Sin embargo, en la lógica del poder la soberanía no se comparte, y, una Fiscalía «independiente» que obstaculice al Ejecutivo, es un lujo que un Príncipe en consolidación— rara vez está dispuesto a tolerar. Audacia, decisión, control. No esperan que la suerte les sonría; la fuerza de su movimiento exitoso reside en que el Príncipe -Princesa- sepa aprovechar la oportunidad para ejercerlas. Como escribió Maquiavelo.

