noviembre 30, 2025
Es una crisis mayor, profunda y estructural, que afecta a la educación de Estados Unidos y Mexico

He dedicado más de medio siglo a la educación. En ese tiempo he visitado cientos de escuelas en distintos países —principalmente en Estados Unidos y México— y he trabajado con miles de docentes, directores, supervisores e inspectores en programas de formación que he diseñado y dirigido en universidades, secretarías de educación, distritos escolares y centros de investigación. He creado instituciones, programas de posgrado, modelos de innovación educativa y propuestas de transformación que hoy siguen influyendo en diversas regiones.

Aunque este artículo se concentra en la realidad educativa de Estados Unidos, muchas de sus conclusiones aplican también a México y a muchas otras naciones del mundo. En México, la llamada Nueva Escuela Mexicana aún lucha  por definirse, comprenderse y aplicarse sin evaluaciones rigurosas que avalen su eficacia. Su propuesta contrasta, en varios sentidos, con los modelos de alto rendimiento que operan en diversas escuelas estadounidenses.

Lo que aquí presento no es un diagnóstico menor. Es una crisis mayor, profunda y estructural, que afecta a la educación de Estados Unidos y que ha sido tratada con una premisa equivocada: pensar que los alumnos están mal y que las escuelas están bien.

Este artículo sostiene, con argumentos y evidencia, que ocurre exactamente lo contrario. Explica que está sucediendo, por qué sucede, cuáles son las fuerzas que han transformado a la infancia contemporánea en una nueva infancia herida, y qué alternativas de solución podrían reconstruir lo que se ha fracturado.

  1. Un país alarmado: los niños no están bien

En Estados Unidos estamos frente a una realidad incómoda y ya inocultable: la niñez está profundamente enferma, y una parte importante del problema se encuentra en la institución donde pasan la mayor parte de sus horas: la escuela.

Los datos recientes son estremecedores:

  • 1 de cada 4 varones de 17 años tiene diagnóstico de A.D.H.D.
  • 1 millón adicional fue diagnosticado entre 2016 y 2022.
  • El autismo pasó de 1 en 2,500 niños en 1980 a 1 en 31 hoy.
  • 32% de los adolescentes han sido diagnosticados con ansiedad.
  • Más de 1 de cada 10 ha experimentado depresión mayor.
  • El estrés empieza temprano: la edad media de inicio de la ansiedad es 6 años.

Estas cifras revelan no solo un cambio epidemiológico, sino un cambio civilizatorio: la infancia ahora existe bajo un régimen de expectativas adultas que ninguna generación anterior tuvo que soportar.

Lo dramático es que, mientras el diagnóstico se multiplica, el país parece encerrado en una conversación incompleta que atiende síntomas, pero evita causas.

Y la causa principal —silenciada durante décadas de reformas educativas— está frente a nosotros: la transformación radical del ambiente escolar.

  1. Cómo la escuela se volvió un ecosistema tóxico para el desarrollo infantil

Desde la década de 1980, con A Nation at Risk, la educación estadounidense se convirtió en un laboratorio de métricas, estándares y rendición de cuentas, donde la escuela pasó de educar a producir resultados medibles a través de pruebas estandarizadas.

El efecto acumulado ha sido devastador:

  1. La escuela dejó de ser un espacio de desarrollo para convertirse en un espacio de rendimiento

Antes de 1980, menos de la mitad de los niños asistía a kindergarten, la presión era baja y el fracaso escolar no significaba una catástrofe personal.

Hoy, incluso en preescolar, niños de 3 y 4 años deben permanecer quietos, seguir instrucciones rígidas y cumplir mini-objetivos académicos que contradicen la neurociencia del desarrollo infantil. Obviamente, para muchos esto se vuelve insoportable.

  1. Se redujeron recreos, juego libre y tiempo de sociabilidad

Solo 8 estados de los Estados Unidos exigen hoy recreo diario.

Muchos niños en primaria tienen apenas 20 minutos para comer, hacer fila, caminar al comedor y usar el baño.

  1. La presión académica se trasladó a edades cada vez más tempranas

Con Common Core (2009), leer al final de kindergarten se volvió estándar, aun cuando miles de niños no están neurológicamente listos para leer a los 5 años.

  1. Los maestros trabajan bajo estrés estructural

Los docentes laboran en condiciones que generan un estrés estructural permanente: salarios estancados, burnout creciente, presión constante por resultados y evaluaciones que nunca se detienen. En este contexto, el aula deja de ser un espacio pedagógico equilibrado y se convierte en un entorno emocionalmente contaminado, donde el agotamiento del adulto se filtra inevitablemente hacia los niños.

A los directores se les exige mostrar mejoras continuas en indicadores que dependen casi exclusivamente de cómo los estudiantes responden en pruebas estandarizadas. Los resultados se convierten en rankings estatales —tablas de clasificación pública— donde las escuelas ubicadas en la mitad inferior son estigmatizadas, y sus directores y maestros enfrentan presiones, señalamientos y expectativas irreales de “corregir” la situación en plazos imposibles.

Este sistema obliga a los docentes a recurrir a una práctica extendida y profundamente dañina: “enseñar para la prueba”. Es decir, sustituir la educación integral por una preparación mecánica que se enfoca en cómo contestar correctamentequé estrategias utilizan los exámenes y cómo maximizar puntajes, en lugar de desarrollar pensamiento crítico, creatividad o comprensión profunda.

El resultado es claro: un profesorado exhausto, un clima escolar emocionalmente frágil y una enseñanza reducida a la lógica de sobrevivencia institucional.

  1. Se creó un ecosistema donde “ser normal” es cada vez más difícil

El niño inquieto, lento, tímido, impulsivo o distraído —variaciones perfectamente humanas— ahora es candidato automático a un trastorno.

Como escribió un especialista: “En lugar de arreglar la escuela, decidimos arreglar a los niños.”

III. Las nuevas patologías de la infancia moderna

Hoy emergen realidades clínicas que antes no existían o no tenían la misma intensidad:

  1. Trastornos asociados a hiperestimulación digital

Pantallas e interacción continua → insomnio, irritabilidad, ansiedad, dependencia dopaminérgica.

  1. Ansiedad escolar anticipatoria

Niños que somatizan—dolor de estómago, sudoración, temblores—antes de entrar a clase.

  1. Fatiga cognitiva crónica

Producto de exceso de tareas, clases fragmentadas y evaluaciones constantes.

  1. Trastornos de regulación emocional

La escuela enseña “control”, pero no enseña autorregulación.

  1. Trastornos relacionales

Déficits en habilidades sociales derivados de menos juego libre, menos convivencia auténtica y más tiempo frente a pantallas de teléfonos inteligentes, computadoras o tabletas.

  1. Desconexión psicosocial

Los adolescentes sienten que la escuela no tiene sentido:

80% reportan estrés y 70% aburrimiento (Yale, 2020).Una lectura micropolítica de la crisis

La Micropolítica enseña que toda institución es un espacio donde circulan poderes invisibles. La escuela no es la excepción. Esos poderes, siguiendo la lógica foucaultiana, los ejerce la escuela como institución y están perjudicando a los estudiantes.

Poderes que moldean la crisis:

  • El poder de los estándares medidos por pruebas, que define quién “sirve” y quién “falla.”
  • El poder del diagnóstico, que etiqueta a los niños como aptos, problemáticos o excepcionales.
  • El poder del estrés institucional, que baja por toda la estructura educativa, afectando a directores, subdirectores, profesores, consejeros, alumnos y padres de familia.
  • El poder de la economía del éxito, que convierte la niñez en una carrera de rendimiento permanente.
  • El poder de la visibilidad total, donde cada error queda registrado, comparado y archivado.
  • El poder de la vigilancia adulta, que limita la autonomía y reduce la capacidad de exploración.

Desde esta perspectiva micropolítica, la crisis actual no proviene únicamente de problemas pedagógicos, sino de una arquitectura de poder que somete a los niños a presiones para las cuales no están biológicamente preparados. La infancia, en vez de ser un periodo de desarrollo expansivo, se ha transformado en un territorio de cumplimiento, medición y control.

  1. ¿Qué podemos hacer?

     Hacia una reparación ética y estructural

La crisis es grave, pero no irreversible. Existen caminos claros y posibles para reconstruir un ambiente escolar sano:

  1. Restaurar el juego, el movimiento y la exploración

El cerebro infantil no está diseñado para el sedentarismo. Los recreos deben ser obligatorios, amplios y protegidos. Las escuelas que aumentan el tiempo de juego libre reportan mejoras en conducta, aprendizaje y salud emocional.

  1. Reducir pruebas estandarizadas y eliminar rankings escolares

Evaluar es necesario; castigar con datos no lo es. Los rankings generan estrés institucional y distorsionan la misión educativa. Se necesitan evaluaciones formativas, diagnósticos cualitativos y esquemas de mejora continua sin estigmatización.

  1. Reentrenar a los maestros en regulación emocional y ambientes de bajo estrés

La salud mental del docente es un factor central para la salud mental del niño. Programas de autocuidado, carga laboral razonable, coaching emocional y apoyo administrativo son indispensables.

  1. Reintroducir la pedagogía del sentido

Los adolescentes no están desconectados por apatía, sino por falta de significado. Las escuelas deben enseñar para la vida, no solo para la prueba: propósito, ética, creatividad, pensamiento crítico y resolución real de problemas.

  1. Reequilibrar la relación escuela–familia

Las familias necesitan guía, pero no vigilancia; apoyo, no juicio. Programas de acompañamiento parental, comunicación respetuosa y límites saludables a pantallas son medidas urgentes.

  1. Revisar críticamente el sistema de diagnósticos infantiles

No todo comportamiento fuera de la norma es un trastorno. Se requieren diagnósticos prudentes, integrales y contextualizados, que consideren el ambiente escolar antes de medicar o etiquetar.

  1. Educar obligatoriamente a los padres

Ninguna reforma educativa funcionará si la familia permanece fuera del proceso. La escuela necesita que los padres de familia reciban formación obligatoria en desarrollo infantil, límites saludables, uso responsable de pantallas, regulación emocional y comprensión del estrés escolar. No se trata de fiscalizar la vida familiar, sino de equiparla con herramientas reales para responder a las nuevas demandas que enfrentan los niños del siglo XXI.

  1. Crear clínicas de salud mental dentro de las escuelas

Junto con ello, es indispensable que las escuelas cuenten con clínicas internas de salud mental, con personal capacitado en psicología infantil, consejería, intervención temprana y acompañamiento emocional. La pandemia y el incremento de trastornos infantiles demostraron que el modelo tradicional —un consejero para cientos de estudiantes— es insuficiente e inoperante.

Si los recursos financieros no permiten contar con una clínica en cada campus debe implementarse un sistema regionaluna clínica de salud mental por cada cinco escuelas, con un equipo multidisciplinario itinerante que atienda casos urgentes, intervenciones tempranas, evaluación emocional continua y apoyo a maestros y familias.

Este modelo —adoptado ya por distintos distritos en Europa y Canadá— reduce crisis emocionales, mejora convivencia, detecta problemas antes de que escalen y apoya tanto al niño como a la familia. Es, en términos concretos, la medida más eficiente y menos costosa a largo plazo para restaurar el equilibrio emocional de la comunidad educativa.

  1. Conclusión

Estamos ante una nueva infancia herida, moldeada por presiones institucionales que surgieron sin comprensión neurocientífica y sin considerar los efectos humanos de décadas de reformas basadas en métricas. La escuela del siglo XXI ha cargado a los niños con expectativas para las que no están listos, les ha quitado tiempo vital de juego, les ha robado silencio, descanso y sentido.

La buena noticia es que esta herida se puede reparar.

Requiere decisión política, ética profesional y una rehumanización profunda del espacio escolar. Los niños no necesitan más diagnósticos; necesitan mejores escuelas.

Escuelas donde el desarrollo importe más que el rendimiento, donde el bienestar sea un objetivo institucional, y donde la infancia vuelva a ser lo que siempre debió ser: una etapa para crecer, descubrirse y construir un futuro sin miedo.

La Micropolítica nos recuerda que ninguna reforma educativa tendrá éxito mientras ignore las fuerzas invisibles que operan dentro de las escuelas. La crisis de salud mental infantil no surgió por casualidad, sino por una arquitectura de poder que impuso métricas, vigilancia, presión y control sobre docentes y alumnos y esa decisión —tomada con la mejor buena fe por los líderes de entonces— se implementó casi sin oposiciónPor eso, la solución no puede ser únicamente técnica: debe ser también micropolítica.

Se requiere que los líderes educativos —directores, supervisores, juntas escolares, legisladores— desarrollen una conciencia crítica del poder que ejercen y del efecto que ese poder tiene sobre la vida emocional de los niños, entendiendo a la Micropolítica y educándose en esta disciplina.

Restituir la infancia exige un cambio en las relaciones de poder: menos presión vertical, más diálogo horizontal; menos control, más autonomía; menos castigo institucional, más apoyo humano.

En términos micropolíticos, esto significa:

  • crear escuelas donde la autoridad no se imponga por miedo, sino por legitimidad ética;
  • construir ambientes donde el bienestar sea una forma de poder y no un adorno retórico;
  • y formar comunidades educativas donde los niños no sean sujetos de control, sino sujetos de dignidad.

La Micropolítica aporta así una visión indispensable: sin transformar las dinámicas de poder que enferman a la escuela, ninguna intervención será duradera.

Rehumanizar la infancia implica Rehumanizar el ejercicio del poder.

Alfredo Cuéllar: Educador con más de medio siglo de experiencia, creador de la Micropolítica y formador de directores, docentes y líderes educativos en varios países. Ha enseñado en universidades de alto prestigio, incluida Harvard, y actualmente prepara la edición final de su obra fundamental: Micropolítica: El Ejercicio del Poder, próxima a publicarse en Amazon Books. Contacto: alfredocuellar@me.com

About The Author