noviembre 30, 2025
¿Se adueñaron los adultos de la marcha de la generación Z en México?

Las recientes movilizaciones convocadas bajo la etiqueta “Generación Z” en México terminaron atrayendo a más adultos y simpatizantes de partidos opositores que a jóvenes, pese a que la convocatoria se difundió inicialmente desde redes sociales y se presentó como un movimiento juvenil espontáneo.

Aunque el llamado surgió en grupos de TikTok, X e Instagram, diversas observaciones en campo y análisis posteriores mostraron que la asistencia juvenil fue reducida en comparación con la de personas mayores de 30 años, activistas partidistas e integrantes de organizaciones políticas tradicionales. La mayoría portaba banderas, consignas y colores asociados a partidos de oposición, lo que contrastó con la estética digital y cultural que caracteriza a las protestas juveniles en otros países.

Algunos factores que pudieron influir:

El primero: la intensidad del descontento juvenil en México no alcanzó el nivel de cohesión requerido para movilizaciones masivas. A diferencia de Perú o Paraguay —donde las protestas juveniles de 2024 y 2025 surgieron de crisis políticas agudas, escándalos institucionales y reclamos directos contra la corrupción o la violencia estatal— en México el malestar generacional es más difuso y menos orientado a la protesta callejera.

A ello se sumó la rápida politización del movimiento. Figuras públicas, dirigentes opositores e influencers alineados con intereses partidistas reforzaron narrativas anti-gobierno, lo que, según analistas, desalentó a jóvenes que temían ser utilizados como “escudo político” o que buscaban mantener distancia respecto a los partidos convencionales.

“Las redes sí se movieron, pero la calle no respondió de la misma forma. Muchos jóvenes vieron que la protesta se transformó en un acto político tradicional y decidieron no participar.

Además, circuló una narrativa gubernamental que acusaba a los organizadores de usar bots, campañas coordinadas y financiamiento externo. Aunque no se presentaron pruebas concluyentes, las acusaciones tuvieron impacto en la percepción pública: parte de la juventud dudó de la autenticidad de la convocatoria.

El resultado fue una movilización heterogénea, con demandas diversas y mensajes poco unificados, en la que la presencia de adultos terminó dominando las calles. Mientras tanto, colectivos juveniles que sí asistieron expresaron frustración ante lo que consideran una “apropiación” del movimiento por actores mayores.

En contraste, en países como Perú o Paraguay, las marchas recientes tuvieron un claro protagonismo generacional, con símbolos culturales, estudiantes organizados y reclamos directos contra la corrupción y la inseguridad. Esa diferencia expone, una brecha entre activismo digital y presencia física en México, así como la falta de estructuras juveniles locales capaces de sostener la movilización en la calle.


Factores que explican la baja presencia juvenil

Descontento juvenil menor que en otros países

  • La Generación Z mexicana registra preocupaciones importantes (seguridad, empleos), pero no un sentimiento de crisis política directa como en Perú.
  • La movilización física requiere un nivel de malestar superior al que existía entre la mayoría de jóvenes.

Politización temprana del movimiento

  • Una vez viralizada la convocatoria, actores adultos y opositores la capitalizaron rápidamente.
  • La narrativa cambió de “protesta juvenil” a “manifestación anti-gobierno”.
  • Jóvenes desconfiaron del giro político y se retiraron.

Liderazgo difuso y mensajes confusos

  • No hubo vocerías claras ni canales de coordinación juvenil.
  • La falta de objetivos específicos dificultó sostener el entusiasmo inicial.

Activismo digital > activismo presencial

  • La Gen Z mexicana es muy activa en redes, pero no necesariamente dispuesta a salir a la calle.
  • La vida laboral/estudiantil, el miedo a la violencia o a la cooptación política fueron factores decisivos.

Estrategia gubernamental de deslegitimación

  • Autoridades acusaron botnets, manipulación y financiamiento externo.
  • Eso generó dudas en jóvenes sobre la autenticidad del movimiento.

¿Quiénes sí asistieron a las marchas?

Adultos, opositores y militantes tradicionales

  • Predominio de personas mayores de 30 años.
  • Presencia de simpatizantes de partidos de oposición (Partidos de oposición, grupos anti-gobierno).
  • Banderas partidistas, consignas tradicionales, discursos de líderes adultos.

Colectivos ciudadanos

  • Grupos que protestan regularmente contra políticas federales.
  • Organizaciones civiles ya politizadas.

Pequeños núcleos juveniles

  • Jóvenes genuinamente interesados en temas de seguridad y reformas.
  • Expresaron decepción por la cooptación del movimiento.

Comparación con Perú y Paraguay

Perú

  • Protagonismo juvenil fuerte y visible.
  • Crisis política acumulada (presidentes caídos, congresos impopulares).
  • Altos niveles de desconfianza institucional y casos recientes de represión.
  • Jóvenes organizados en universidades, colectivos barriales y movimientos auto-gestionados.

Paraguay

  • Movilizaciones vinculadas a escándalos de corrupción y denuncias contra figuras políticas.
  • Capacidad organizativa local mucho mayor entre jóvenes.
  • Menor cooptación partidista en etapas tempranas de la protesta.

Diferencia estructural

En México, el descontento juvenil no fue lo suficientemente intenso ni estuvo articulado por redes de base, lo que abrió la puerta a que adultos y opositores capitalizaran la protesta.

Las diferencias que definen al caso mexicano

México: movilización “apropiada” por actores adultos

  • La protesta fue politizada rápidamente por la oposición.
  • Los partidos, activistas adultos y grupos anti-gobierno llenaron el vacío que dejó la baja participación juvenil real.
  • Esto transformó la protesta en una marcha política tradicional, no generacional.

Mientras tanto en Perú y Paraguay

  • Nacen en universidades, colectivos juveniles, redes independientes.
  • No están dirigidas por partidos.
  • Los jóvenes marcan agenda, consignas, símbolos y objetivos.

México, Perú y Paraguay comparten el clima de descontento, pero no el tipo de protesta.

  • Perú y Paraguay: protestas juveniles auténticas, espontáneas, generacionales.
  • México: movimiento con narrativa juvenil en redes, pero participación predominantemente adulta y politizada por partidos.

Escenarios y riesgos futuros

  1. Repetición con desgaste: Si la etiqueta “Gen Z” sigue siendo capitalizada por actores adultos sin cambios reales, las convocatorias futuras tendrán menor resonancia juvenil.
  2. Radicalización de pequeños núcleos: La frustración de grupos jóvenes que sí protestaron podría radicalizarse si ven que las protestas son acaparadas por la vieja política.
  3. Oportunidad para políticas reales: Si gobiernos y partidos toman en serio las demandas (seguridad, transparencia), podrían recuperar espacio; lo contrario alimenta narrativas de deslegitimación y polarización.

¿Qué tendrían que hacer actores civiles, partidos y medios?

  • Para jóvenes y organizadores genuinos: construir redes locales de base, en universidades, que permitan convertir activismo digital en movilización real.
  • Para partidos/oposición: evitar apropiarse de etiquetas juveniles; la cooptación erosiona legitimidad política a mediano plazo.
  • Para el Gobierno: responder con investigaciones transparentes sobre violencia y seguridad en lugar de deslegitimar movilizaciones; la narrativa de “manipulación” sin pruebas puede aumentar polarización.
  • Para medios: verificar orígenes de campañas digitales y contrastar voces de la calle con las de las redes para no amplificar cooptaciones.

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