noviembre 30, 2025
Desde esa autoridad internacional —y no desde opiniones internas ni disputas partidistas— México obtiene una puntuación alarmante: 7.57/10, situándose entre los países con mayor presencia y sofisticación del crimen organizado.

I. Un diagnóstico internacional que no puede ignorarse

El más reciente Índice Global del Crimen Organizado —elaborado por The Global Initiative Against Transnational Organized Crime (GI-TOC), uno de los observatorios más respetados del mundo— ofrece una evaluación dura y profundamente preocupante de México.

Este índice analiza a 193 países con una metodología rigurosa: bases de datos judiciales, investigaciones de campo, entrevistas con expertos y análisis comparado. Es un estudio ampliamente utilizado por gobiernos, académicos y organismos multilaterales.

Su credibilidad radica en tres factores:

  1. Transparencia metodológica.
  2. Amplio espectro de fuentes verificables.
  3. Independencia política respecto de gobiernos y bloques regionales.

Desde esa autoridad internacional —y no desde opiniones internas ni disputas partidistas— México obtiene una puntuación alarmante: 7.57/10, situándose entre los países con mayor presencia y sofisticación del crimen organizado.

El informe revela algo más profundo que violencia: describe un ecosistema criminal altamente diversificado, con actores que van desde cárteles y mafias locales hasta redes transnacionales de trata, tráfico de armas, delitos financieros, crimen ambiental y corrupción pública.

Pero el dato verdaderamente devastador es este: la resiliencia del Estado mexicano apenas llega a 4.21/10, señal de debilidad institucional, falta de controles internos, vulnerabilidad a la penetración criminal y ausencia de memoria ética en la administración pública.

Es decir: el crimen está fuerte, y el Estado está débil.

II. La represión reciente y el discurso presidencial: dos señales de alarma

Mientras estos datos circulan en el ámbito académico y diplomático, México vivió hace unos días una manifestación masiva encabezada por jóvenes, en gran parte de la Generación Z.

Su demanda no fue abstracta: exigieron seguridad, empleo digno, educación accesible y un futuro que no esté secuestrado por violencia, impunidad y precariedad.

La respuesta gubernamental fue contundente en el peor sentido:

  • represión física,
  • detenciones arbitrarias,
  • y un discurso presidencial que interpretó la protesta como conspiración y declaró que todo ello la hace “más fuerte”.

Desde la perspectiva micropolítica —campo que he estudiado durante décadas y que analicé en mi reciente artículo “Generación Z: Memoria y Poder”— este episodio envía un mensaje claro: el poder está cerrando los oídos cuando debería abrirlos.

La Presidenta no parece haber leído, o no quiere leer, la gravedad del deterioro estructural del país:

  • inseguridad creciente,
  • desempleo juvenil,
  • expansión territorial del crimen,
  • pobreza y desigualdad,
  • pérdida acelerada de legitimidad,
  • erosión de la confianza ciudadana,
  • y el riesgo latente de repetir errores históricos que ya conocemos.

Cuando un gobierno se convence de que toda protesta es manipulación, deja de gobernar y comienza a defenderse. Ese es el umbral más peligroso de la política.

III. La Generación Z como espejo histórico: una advertencia, no una amenaza

En mi ensayo escribí que la Generación Z no es un enemigo, ni una masa manipulada, ni una conspiración digital: es un espejo. Un espejo incómodo, sí, pero un espejo que revela verdades que el poder preferiría no mirar.

La historia no se repite, pero rima. En 1968, el gobierno mexicano confundió protesta juvenil con subversión. Sofocó voces en nombre del orden. Creyó tener la fuerza. Y en esa soberbia, perdió el alma y perdió el futuro. Hoy, medio siglo después, la rima resuena:

Cuando el poder descalifica a los jóvenes, el poder se desgasta.

Cuando deja de escucharlos, empieza a caer.

Cuando interpreta toda crítica como complot, deja de gobernar.

La represión reciente no solo fue un error táctico: fue una ruptura simbólica.

Fue la confirmación de que un gobierno que se anuncia progresista está actuando como lo peor del viejo régimen.

IV. El dato duro: México está en un punto de fractura

El Índice Global del Crimen Organizado nos da una base empírica para medir lo que la calle está gritando:

  • México tiene organizaciones criminales con puntajes de 9/10, equivalentes a mafias globales.
  • Tiene mercados ilícitos que operan como conglomerados empresariales.
  • Tiene instituciones frágiles que no pueden contenerlos.
  • Y tiene una población —sobre todo jóvenes— que ya no cree en las narrativas tranquilizadoras del poder.

Negar este panorama no lo hace desaparecer. El discurso triunfalista solo profundiza la brecha entre realidad y gobierno.

V. ¿Qué podría hacer la presidenta? (Sugerencias desde la Micropolítica)

La crítica sin propuesta es mero desahogo.

Por ello, desde la micropolítica —que estudia el ejercicio real del poder, no su retórica— ofrezco sugerencias constructivas:

1. Crear una Comisión Independiente de Crisis Nacional

Con expertos nacionales e internacionales, jóvenes, defensores de derechos humanos, investigadores en seguridad.

Que sus recomendaciones sean públicas y vinculantes.

No más “diagnósticos de escritorio”.

2. Reconstruir la resiliencia institucional

  • fortalecer ministerios públicos,
  • profesionalizar policías,
  • proteger a jueces independientes,
  • blindar a denunciantes y periodistas,
  • crear mecanismos reales de vigilancia ética.

3. Abrir un diálogo honesto con la Generación Z

No para sermonearlos, sino para escucharlos.

Crear un consejo consultivo juvenil permanente con voz en políticas de educación, empleo y seguridad.

4. Reformular la estrategia contra el crimen organizado

Menos militarización simbólica, más presencia civil efectiva.

Prevención en comunidades vulnerables, impulso económico regional, combate serio al lavado de dinero.

5. Recuperar la memoria democrática del país

Sin memoria, el poder se vuelve peligroso.

Promover educación cívica, programas de derechos humanos y espacios de verdad histórica.

VI. Conclusión: Escuchar antes de que sea tarde

México enfrenta una convergencia peligrosa: instituciones débiles, crimen sofisticado, jóvenes indignados, y un liderazgo que insiste en negar el problema.

No es momento de declararse “más fuerte”. Es momento de volverse más responsable, más reflexivo, más humano.

La Generación Z no quiere tumbar al gobierno: quiere que el gobierno siga existiendo como autoridad legítima.

El Índice Global del Crimen Organizado es una advertencia técnica. Las protestas juveniles son una advertencia social. La historia es una advertencia moral. Escucharlas no es una concesión. Es supervivencia política.

Profesor y consultor internacional. Experto en Micropolítica. Comentarios y contacto: alfredocuellar@me.com

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