La Sorpresa Electoral y el Poder que se Mueve “de abajo”
Las elecciones del 4 y 5 de noviembre de 2025 dieron lugar a resultados que, a primera vista, podrían interpretarse como un triunfo del partido demócrata frente a una derrota del partido republicano. Pero esa lectura sería demasiado superficial. En un sistema bipartidista como el de Estados Unidos, lo relevante no es simplemente que ganen los demócratas o pierdan los republicanos. Lo que estamos observando es una reacción política más profunda, una micropolítica del cambio, más que una simple estrategia partidista.
Los hechos principales
En Zohran Mamdani, un socialista democrático de 34 años se convirtió en alcalde de New York City, siendo el primero musulmán, el más joven en más de un siglo y el primer alcalde de origen del sur de Asia en esa ciudad.
En Virginia, Abigail Spanberger ganó la gobernación, marcando otro hito.
En New Jersey, Mikie Sherrill obtuvo una victoria más amplia de lo esperado al derrotar a un rival apoyado por Donald Trump.
En California, la aprobación de una medida de redistribución electoral favoreció claramente a los demócratas, lo cual podría significar hasta cinco escaños adicionales para ese partido en la Cámara de Representantes el próximo año.
En Maine, los votantes rechazaron una propuesta de restricción electoral y aprobaron una para quitar armas a familiares en crisis, mientras que en Pennsylvania extendieron por diez años el mandato de tres jueces demócratas del Tribunal Supremo estatal.
Y en Georgia, los demócratas lograron sacar dos comisionados republicanos de la junta de servicios públicos estatal, que no había sido ganada por un demócrata desde 2007.
No es solo “victoria demócrata / derrota republicana”
Lo primero que debemos entender es que este no fue un simple juego de suma partidista. En un sistema bipartidista, concebir el resultado como “victoria de los demócratas, derrota de los republicanos” carece de profundidad analítica.
Los ciudadanos no votaron tanto por el partido demócrata, sino contra una figura, una lógica de poder y una narrativa que la sienten agotada. En muchos casos la derrota del partido republicano no fue tanto por su plataforma, sino por el rechazo a la figura de Trump o al estilo de liderazgo que él representa. Lo que vivimos fue, en buena parte, un mandato de desaprobación, más que una aprobación entusiasta del otro lado.
El ángulo micropolítico: el poder invisible en movimiento
Desde la perspectiva de la micropolítica —a la que hemos hecho mención muchas veces-— estos resultados tienen una lectura más fina:
- No solo se trata de quién gobierna, sino de cómo se ejerce el poder y quién lo controla.
- Lo que se pudo ver fue un efecto acumulativo de las insatisfacciones cotidianas: alza de costos, inseguridad, inmigración, falta de movilidad social, etc., buscando un cambio real.
- Trump no presenta un programa, un camino, una meta, los votantes lo perciben errático y nada creíble como líder.
- Este tipo de elecciones muestra que el poder no se traspasa solamente en las urnas, sino en los gestos, en las identidades, en la percepción de exclusión o pertenencia.
Por ejemplo, Mamdani ganó en barrios obreros, en comunidades de inmigrantes, en espacios urbanos donde el poder “tradicional” ya no sentían que los representaba.
En California, la redistribución electoral no es solo una ingeniería institucional: es un intento de reconfigurar el mapa del poder, de desplazar influencias arraigadas, de abrir nuevos espacios políticos, y obviamente, de proyectar al gobernador como futuro candidato presidencial.
Migración, “guerra doméstica” y el factor Trump
Uno de los temas que más peso tuvieron fue la migración y la llamada “guerra doméstica vs migrantes”. En muchos estados los candidatos que representaban visiones más abiertas al mundo o más plurales golpearon a aquellos que se asociaban con una visión más cerrada, monocultural o reaccionaria.
También influyó, de manera menos visible pero poderosa, la política exterior. El apoyo incondicional de Trump a Israel —que en otros tiempos habría sido leído como gesto de fuerza— hoy se percibe como parte de una diplomacia de conveniencia, más emocional que estratégica. En comunidades diversas, especialmente en las urbanas, ese apoyo se tradujo en desconfianza moral: una señal más de que el poder ha perdido su sentido ético.
En ese contexto, Trump no es solo un actor presidencial: es un símbolo de resistencia o de rechazo. Así, cuando los votantes optan por el otro lado, muchas veces es menos por entusiasmo propio y más por rechazo al símbolo que representa.
Pero ojo: esto puede cambiar muy rápido. Si Trump decide una “guerrita”, o si EEUU se involucra en una invasión o conflicto internacional, ese efecto de rechazo interno puede invertirse, acelerándose una reacción de polarización mayor. Trump ha estado anticipando esto desde el inicio de su segundo gobierno.
La micropolítica está atenta a esos momentos en los que lo externo (una guerra, una crisis internacional) irrumpe y reorganiza las lealtades, reorganiza quién tiene poder dentro de la comunidad, quién “importa” y quién “queda afuera”.
El reciente cierre del gobierno también jugó un papel decisivo en la formación del sentimiento del electorado.
Lo que muchos estadounidenses vivieron no fue una simple disputa partidista, sino el colapso mismo de la gobernabilidad: aeropuertos paralizados, empleados federales sin sueldo, servicios detenidos.
En términos micropolíticos, fue la evidencia cotidiana de un poder mal ejercido, donde la autoridad se convierte en rehén de su propio ego.
Para millones de ciudadanos, esa parálisis simbolizó la esencia del liderazgo de Trump: un gobierno que actúa con escándalo, pero sin orden.
Conclusión
Los resultados de ayer no deben verse como un simple triunfo demócrata. Son un testimonio de que el poder cotidiano, microestructurado, está cambiando sus reglas.
La gente no dijo “sí” al partido demócrata, sino “no” a una forma de ejercer el poder que ya se sentía obsoleta, abusiva, y extrema. Ese es el gesto micropolítico que hay que interpretar: desde abajo, en los barrios, en las comunidades, en los silencios que se transforman en votos.
Ahora queda por ver si ese cambio se institucionaliza o si el poder tradicional encuentra nuevas formas de recuperar terreno. Porque en el escenario de la micropolítica, el poder solo se mantiene si es visible, reconocido y conectado con quienes lo ejercen.
Y en ese sentido, ayer fue una avanzada simbólica, pero no necesariamente una victoria definitiva.

