Javier Paz Zarza
Lupita despertó abruptamente con el golpeteo de la lluvia sobre el techo de lámina de su humilde casa en los cerros de Ecatepec. Cada gota era un latido que recordaba el tiempo detenido desde hacía tres años, cuando los policías le informaron que su hija Violeta, de 17 años, estaba desaparecida. Manos desconocidas se habían llevado sus risas, sus sueños y su futuro.
Secó sus lágrimas con un trapo sucio, respirando el aire cargado de polvo y lodo. Sus ojos se cruzaron con los de Violeta en una fotografía: ojos llenos de ilusión, apagados por la crueldad. Apretó la imagen entre los dedos, sintiendo un puñal de culpa clavar- se en el pecho: la puerta que no cerró, la llamada que no contestó, el “te quiero” que no alcanzó a decir.
Las preguntas la atormentaban: ¿Dónde estás?
¿Qué te han hecho? ¿Dormirás bien? El silencio respondía con su vacío. La angustia la envolvía como una niebla negra. Sobre la mesa, un recor- te de periódico mostraba el rostro de su hija y una cifra que dolía más que cualquier herida: más de ciento veinte mil desaparecidos durante el gobierno de López Obrador. Miles de familias, como la suya, se perdían entre ministerios públicos, carpetas de investigación y oficinas que solo llenaban papeles.
De pronto, el timbre del teléfono rompió el ruido de la tormenta. Una voz temblorosa susurró: —Señora… creo que tengo información sobre su hija. El silencio posterior fue más aterrador que el grito. Una chispa de esperanza nació, frágil como una hoja al viento.
Esa noche, Lupita salió bajo la lluvia. Las gotas gol- peaban la tierra como lágrimas del cielo. Su grito se perdió entre los truenos: ¿Dónde está la justicia en México? ¿Dónde están nuestros hijos?
Caminó hasta el Puente de Fierro, donde se reunían otras madres con el mismo dolor. Rostros marcados por cicatrices invisibles, miradas vacías y sollozos ahogados. Una anciana le entregó una linterna: — Llévala siempre contigo, para que no pierdas la luz. Lupita la tomó con fuerza. Era pequeña, pero brillaba como su esperanza.
Juntas recorrieron las calles de la colonia La Cañada, donde decían que habían hallado restos de jovencitas desaparecidas. Con la foto de Violeta pegada al pecho, iluminó cada rincón. Las lágrimas se mezclaban con la lluvia; cada parpadeo era un recordatorio del tiempo perdido.
Al regresar, halló entre las pertenencias de su hija un trozo de tela rosa, idéntico al pantalón encontrado esa madrugada. El corazón le dio un vuelco; cayó al suelo entre sollozos. Entonces comprendió algo esencial: aunque no tuviera a su hija entre los brazos, esa pequeña llama de esperanza bastaba para mantenerla viva.
La luz de la linterna no solo iluminaba el camino, sino también las sombras donde se ocultaban los culpables.
Salió nuevamente, decidida a seguir buscando. Entre ruinas y oscuridad, caminaba con la fe encendida, igual que miles de madres que, pese al abandono del gobierno, no dejan de luchar.
El cielo seguía cubierto de nubes negras, pero Lupita sabía que su esperanza, frágil pero brillante, seguiría ardiendo en medio de la oscuridad. La gen- te en México no des- aparece, la indiferencia y la ineptitud del poder la desaparece.
La gente en México no desaparece, la desaparece un Estado que mira hacia otro lado, un poder que calla y una justicia que no llega.
“Porque mientras una madre siga buscando, México no podrá dormir en paz.”

