noviembre 1, 2026

Sheinbaum: de presidenta a defensora de lo indefendible

El síndrome de Palenque: a los suyos, impunidad; a quien reclama, sospecha

«La culpa, querido Bruto, no está en las estrellas,

sino en nosotros mismos, que somos subalternos.»

— Shakespeare, Julio César, acto I, escena II

UNA MUJER QUE NO LLEGÓ: LA PUSIERON

Cada día que Claudia Sheinbaum sigue sometida al poder de López Obrador es un día más de desmoronamiento de la 4T y de descrédito para ella y su gobierno. No llegó: la pusieron. Maquiavelo lo advirtió en el capítulo VII de El Príncipe: quien recibe el poder por favor ajeno descansa «sobre la voluntad y la fortuna de quien se lo concedió, que son dos cosas volubilísimas e inestables». Y quien le debe el cargo a otro gobierna para él y para su grupo, no para la nación.

El síntoma más visible es el temperamento: donde debería haber una estadista, hay exabruptos, enojos y el dedo acusador apuntando desde el atril. No importa la magnitud del escándalo; siempre hay un culpable a la mano o una investigación prometida. La investigación nunca llega. El culpable siempre es otro.

El poder subordinado desarrolla un síndrome reconocible: la culpa siempre es de otro. Protege a los suyos con el celo de un abogado defensor y endosa cada falla al adversario de turno. Su frase de cabecera es «no hay pruebas». Exigir pruebas es lo mínimo en un Estado de derecho; lo que la vuelve síntoma es su uso selectivo. Se le exige al acusador cuando el acusado es de Morena y se dispensa cuando el señalado es un adversario.

No es un estilo de comunicación. Es un cuadro clínico con un origen preciso y un síntoma central: echarle la culpa a otro.

LA LÍNEA DE PALENQUE

Jesús Ramírez Cuevas fue durante seis años el vocero y el jefe de propaganda de López Obrador. Desde el primer día del nuevo gobierno es coordinador de asesores de la Presidencia. La columna Bajo Reserva lo ubica todos los días detrás de la cortina de la mañanera. En la prensa se da por entendido que su lugar es una imposición de López Obrador, a quien le reporta lo que ocurre en Palacio.

Cuando estalla un hecho grave, la línea sale de ese escritorio, y ese escritorio está conectado con Palenque.

Por eso las defensas de hoy suenan idénticas a las del sexenio pasado: las escribe la misma mano. La Presidenta lee el guion; el autor vive en Chiapas.

1.Ramírez no es una figura neutra. Julio Scherer lo señala de haberle abierto a Sergio Carmona, el rey del huachicol fiscal ejecutado en 2021, las puertas de Morena. Proceso documentó un decreto hecho a su medida que le costó al erario cerca de 27 mil millones de pesos. Cuando corrió la versión de su salida, Sheinbaum lo llamó hombre de principios y lo sostuvo en el cargo. Lo indefendible empieza en su propia oficina.

En mayo, tras una visita a Palenque, la Presidenta negó haber ido a pedirle línea a López Obrador.

Explicación no pedida, acusación manifiesta.

LA CANTALETA DE SIEMPRE: «NO HAY PRUEBAS»

El caso mayor es el de Rubén Rocha Moya. La Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York lo acusó formalmente, junto con nueve funcionarios y exfuncionarios de Sinaloa, entre ellos el senador Enrique Inzunza, de conspirar con el Cártel de Sinaloa a cambio de apoyo político y sobornos.

La Presidenta mostró el documento en la mañanera y lo despachó como «una hoja de papel». Prometió que la FGR investigaría. En julio la FGR formalizó la tesis: no había elementos que alcanzaran el estándar probatorio mínimo. Rocha niega todo. Pero pidió licencia, igual que otros señalados. Quien no teme, no suele apartarse del cargo.

El caso más reciente es el de Ariadna Montiel, presidenta nacional de Morena. Maru Campos le dijo a Sheinbaum, en privado, que la creía vinculada con el narcotráfico. La Presidenta lo contó en la mañanera con una respuesta de manual: le dijo que, si tenía pruebas, las presentara.

Montiel está señalada, no acusada, y anunció demanda contra la gobernadora. Lo notable es otra cosa: la jefa del Estado que tiene a su mando la UIF, la FGR y los servicios de inteligencia le pide la carga de la prueba a una gobernadora de oposición.

El molde viene de atrás. A la diputada Hilda Brown, sancionada por el Departamento del Tesoro, la UIF no le encontró elementos para congelar cuentas. A Adán Augusto López, cuyo secretario de Seguridad en Tabasco, Hernán Bermúdez, está acusado de encabezar La Barredora, lo protegió del «linchamiento mediático» y precisó que no había ninguna investigación en su contra. Meses después dejó la coordinación del Senado para irse al trabajo territorial de Morena. Salida discreta, sin deslinde.

La fórmula resiste cualquier evidencia porque se blinda a sí misma. Lo resumió un columnista sinaloense: no hay pruebas porque no se investiga. El Estado no busca, y luego certifica que no encontró.

EL ESTÁNDAR INVERTIDO

Guadalupe Taddei renunció a la presidencia del INE el 25 de octubre, en pleno escándalo por conflicto de interés con proveedores y bajo una auditoría de oficio de la ASF. La Presidenta respaldó su salida con una frase impecable: no puede haber sombra de corrupción.

Tres días después vino el giro. Sheinbaum recordó que en 2014 el Consejo General del INE, presidido por Lorenzo Córdova y con Ciro Murayama, aprobó a Taddei como presidenta del órgano electoral de Sonora.

Denunció una «campaña de que Taddei era de Morena». Y pidió que la auditoría alcanzara los contratos de la gestión de Córdova. Es el viejo truco del ladrón que grita «¡al ladrón!» para que todos volteen hacia otro lado.

2.El dato de 2014 es cierto. La conclusión, no. Taddei no llegó a la presidencia del INE por herencia de Córdova, sino por un sorteo en San Lázaro en 2023, con una quinteta filtrada por un comité donde, según sus críticos, Morena impuso mayoría. López Obrador la respaldó públicamente. Las facultades para nombrar funcionarios sin consenso le llegaron en 2024, también bajo mayoría oficialista.

Aquí el síndrome se ve de cuerpo entero. Para Rocha, una acusación formal de un tribunal federal es una hoja de papel. Para Córdova, un voto de hace doce años es prueba de paternidad. El amigo necesita expediente; el adversario basta con genealogía. Córdova respondió que la ASF no halló irregularidades relevantes en su periodo y aceptó la auditoría. Que se haga. Pero la pregunta pendiente no es quién firmó en Sonora en 2014, sino quién la sorteó, la empoderó y la aplaudió después.

EL CULPABLE DE TURNO

Para cada escándalo hay un culpable a la medida, y nunca despacha en Palacio. El catálogo es breve porque se repite:

 Si acusa Washington, la culpa es de la injerencia: la acusación es una hoja de papel y la respuesta,

soberanía.

 Si acusa la prensa, es linchamiento mediático.

 Si acusa la oposición, es una campaña de la ultraderecha, que según la Presidenta opera desde México y Estados Unidos para desestabilizar a su gobierno.

 Si acusa una gobernadora, es propaganda política.

 Si la corrupción brota dentro de casa, se busca el árbol genealógico: Taddei es de Córdova.

 Si la falla es de fondo, la culpa es del pasado: Calderón, el neoliberalismo, el PAN que quiere volver al Seguro Popular.

La culpa nunca se asume; se reparte. Y al repartirla, la Presidenta cumple dos funciones a la vez: libra al grupo y le entrega al público un enemigo que odiar en lugar de un hecho que juzgar.

Echar la culpa a otro no es un recurso retórico. Es el método de gobierno de quien no decide. Si las decisiones vienen de Palenque, la responsabilidad no puede quedarse en Palacio: tiene que salir por la ventana, rumbo al adversario de turno.

ANATOMÍA DEL SÍNDROME

Los casos comparten siete síntomas, todos variaciones de uno solo: la culpa nunca es propia.

 La línea viene de fuera. Ante cada hecho grave, la respuesta llega redactada desde el círculo de López Obrador. Quien no llegó por sí misma tampoco habla por sí misma.

 El dedo acusador precede al dato. Primero el enojo y el señalamiento; la información, si llega, después. El exabrupto es la firma de quien defiende algo que no decidió.

3. La promesa de investigar sustituye a la investigación. Se anuncia que la FGR revisará, y la FGR concluye que no hay elementos. El anuncio es el final del trámite, no su principio.

 La carga de la prueba se invierte. Se le pide al acusador, nunca al Estado que tiene fiscalía, UIF e inteligencia. Quien tiene los instrumentos exige que otros le traigan la investigación hecha.

 La soberanía funciona como blindaje. Aparece cuando el acusado es de Morena y se esfuma cuando conviene cooperar. Es soberanía a la carta.

 La genealogía sirve de coartada. El culpable siempre es de otro linaje. El árbol genealógico sustituye al expediente.

 El adversario es la explicación universal. Ultraderecha, prensa, injerencia, pasado neoliberal. Hay un enemigo para cada hecho, y ningún hecho sin enemigo.

El rasgo que los une es la asimetría. Para los propios rige la presunción de inocencia. Para quien incomoda, se aplica la presunción de intención.

PRUEBAS SÍ HAY

Defender lo indefendible tiene un costo que no se mide en encuestas, sino en tiempo. Cada día que la Presidenta repite una línea ajena, la 4T pierde un pedazo y ella pierde autoridad propia. Cada «no hay pruebas» gastado en Rocha, en Montiel o en Adán Augusto le quita valor a la frase para el día en que la necesite para un inocente.

El desenlace no se escribe en la mañanera, sino en una corte de Nueva York, donde testigos cooperantes dirán bajo juramento si detrás de la hoja de papel había un expediente. Si lo había, el «no hay pruebas» quedará registrado como lo que fue: una omisión deliberada, dictada en Palenque y leída en Palacio. Eso tiene nombre: complicidad.

Mientras tanto, el país espera que alguien asuma algo. No ocurrirá. Quien no decide no se hace responsable, y quien no se hace responsable siempre encuentra a quién culpar. Pruebas sí hay: de un síndrome, de quién lo dicta y de quién acabará pagando el pato.

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