Ocultamiento y engaño
Como ahora no hay maestros ni alumnos, el alumno preguntó a la pared, ¿qué es la sabiduría?
Y la pared se hizo transparente
Jaime Sabines
El contraste entre las versiones de lo que está sucediendo en México es esquizofrénico. Las palabras y los hechos andan por diferentes rumbos. El ejercicio del cotejo se torna una hazaña. Nuevamente Sabines: “Uno aguanta la devaluación / los discursos y el clima / el amor de la gente / pero no quiere ya, no quiere /de veras ya no quiere otra puñalada”.
Creo que con esos versos el poeta se refería al engaño, al ocultamiento. Hay una necesidad de creer en algo, de confiar en alguien, de saber a qué atenerse.
La ley, que debe ir acompañada de su cumplimiento, está desprestigiada. Se le ha prostituido. Buscarle sus rendijas es un deporte nacional. Desde el poder, es un arma que no pretende hacer justicia; por el contrario, se le usa para preservar el dominio y continuar la impunidad. De ahí viene la impotencia del gobernado y la subsecuente frustración.
Es algo que viene de lejos. Diría que es una costumbre: la rutina del cuidado de la apariencia. Por lo tanto, de apagar las voces disidentes, de negar lo evidente, de rechazar la crítica. Es una patología. Reconocer un error significa la confesión de falibilidad, luego entonces hay que empecinarse en la mentira. El líder populista no se equivoca nunca. En eso sustenta su mando.
La transparencia es un valor. Nosotros lo soslayamos. Nuestro derecho es opaco, tortuoso (sobre todo el procesal), tramposo (el ejemplo más claro es el electoral), abigarrado (el constitucional se lleva las palmas). Nuestro Poder Judicial ha sido herido en donde más duele, en su capacidad.
Justo Sierra condenaba “el espíritu de mejorar destruyendo en lugar de transformar mejorando”. Su propuesta tiene una actualidad rotunda. Por más que se grite la cantaleta de una cuarta gran reforma, cada vez es más evidente que no tiene nada que ver con las otras tres. La falta de continuidad es una de nuestras más dañinas tradiciones.
Lo hecho en el sector energía es una infamia para México. Se nos abrumó con el absurdo e insensato discurso de “la soberanía energética”, del área protegida por ser “estratégica”. Tenía que prevalecer una inversión pública, había que reducir o impedir la inversión privada. La falla consistió en que el Estado no hizo su tarea. Obras deficientes, costosas y no prioritarias; gigantesca corrupción, ineptitud galopante. Las cifras son espeluznantes y nuestra dependencia es total, somos más frágiles que nunca. Lo peor es que siguen postergándose las decisiones sin reconocer el fracaso.
En materia de salud y educación, los retrocesos están a la orden del día.
Las incongruencias afloran. En su gira por los estados la presidente expresó: “No me parece bien que se abuchee a un gobernador, a una gobernadora que proviene de otro partido. No es un acto electoral”. Sin embargo, en otro acto ante gritos de protesta, dijo: “Hagan de cuenta que no están. Son muy irrespetuosos, así es el PRIAN. Seguro pertenecen al PRIAN aquí infiltrados”. ¿Infiltrados? ¿Era acaso un acto partidista? ¿No era un informe a todo el pueblo de México?
Casi al mismo tiempo que el Centro de Derechos Humanos de la Universidad de Berkeley mediante una investigación que documenta actos ilícitos de AMLO, Claudia Sheinbaum lo considera el mejor presidente en nuestra historia. Algo no cuadra.
La primera condición para convencer es la percepción de que hay sinceridad, autenticidad, buena fe en quien emite el mensaje. Etimológicamente se dice que “sincero” significa que no hay nada qué ocultar, algo genuino, sin mezcla. Lo dicho: la impunidad es hermana de la impotencia. Cuando la autoridad no actúa, los particulares reciben una puñalada. Lo que sigue es frustración y desconfianza. En esas estamos.
El proceso electoral ya arrancó y estamos ante una deliberación irracional, partidizada, encolerizada. Una tregua para dotarlo de una dosis no pequeña de cultura es indispensable.
