Rehenes de la energía, la guerra que sacude al mundo
Los acontecimientos recientes y el pulso geopolítico del fin de semana están sacudiendo con fuerza las bases de la economía mundial. En un planeta profundamente interdependiente, el conflicto en Irán ha impactado de manera determinante y directa los costos de la energía.
La noticia crítica no es solo la interrupción y el cierre del estrecho de Ormuz, sino también la parálisis de las rutas en el estrecho de Bab el-Mandeb, una zona estratégica que da al marRojo. Esta pinza geopolítica ha disparado los precios de los combustibles: las gasolinas a nivel global registran incrementos históricos que rozan alzas cercanas al 50%, mientras que el diésel —el auténtico motor de la cadena de suministro y la industria— acumula aumentos récord superiores al 65% y 77% en diversas regiones del mundo, elevando la presión inflacionaria sobre los bolsillos de los consumidores.
El frente europeo: Ucrania y el contraataque ruso. A este escenario en Medio Oriente se suma un flanco igualmente peligroso en Europa del Este. Recientemente, Ucrania bombardeó Moscú, centrando sus ataques en plantas de refinación rusas.
Este movimiento militar representa un punto de inflexión que encarecerá aún más la energía en el continente europeo. Las represalias que prepara Moscú prometen ser contundentes y de amplio alcance, amenazando con estrangular el suministro remanente y provocando una nueva ola de volatilidad en los mercados energéticos de la Unión Europea, que ya lidian con costos elevados de gas y electricidad.
El cálculo electoral en Estados Unidos
En el plano estratégico, el cierre del Mar Rojo y la asfixia energética no son movimientos aislados, sino acciones calculadas de Irán de cara a los meses previos a las elecciones en Estados Unidos. Irán no tiene armas como Estados Unidos, pero tiene territorio estratégico que provee de energía a gran parte del mundo.
Tomar como rehenes los flujos de energía impacta directamente la imagen de Donald Trump ante el electorado estadounidense, provocando la escalada inflacionaria y el encarecimiento de la gasolina. Teherán sabe perfectamente que golpear la economía doméstica a través de los combustibles es una de las maneras más eficaces de propinar un golpe político devastador a la administración norteamericana.
Una guerra energética que devasta alianzas y economías globales. La guerra actual se centra en la energía porque es el talón de Aquiles que sacude simultáneamente los bolsillos de la gente común y genera turbulencias incontrolables en los gobiernos. Sin embargo, el impacto trasciende con creces las fronteras de Estados Unidos: la economía china también se estremece ante la crisis iraní, resintiendo la escasez de suministro y el encarecimiento de los insumos industriales.
Para comprender la magnitud de esta crisis hay que analizar la raíz del conflicto: la lógica de los actores radicales en el poder en Irán no responde a los parámetros tradicionales de la negociación occidental y la transacción económica racional. Está guiada por una visión de destrucción de sus adversarios cimentada en sistemas de creencias inflexibles.
Esto convierte la guerra de Irán en un punto de quiebre absoluto para la economía mundial y las fuerzas políticas:
– El objetivo político primario es debilitar la imagen de Donald Trump.
– En el proceso, las acciones de Teherán están arrasando colateralmente con sus propios aliados árabes.
– Golpean con severidad a Europa, socavan la estabilidad industrial de China y desestabilizan los mercados emergentes.
Cuando se le añade a este complejo tablero el golpe de Ucrania a las refinerías rusas, el panorama global se vuelve insostenible. El mundo asiste, desconcertado, a una pérdida sistemática de la brújula de la diplomacia y la negociación, desplazada por el predominio de las pasiones y los radicalismos más extremos, demostrando que las pasiones humanas y los sistemas de creencias son más fuertes que la razón. Parafraseando a Pascal: hay razones de la pasión que la razón no entiende. La bomba está creciendo.
