ELIGE A QUIEN RESUELVA PROBLEMAS
Los ciudadanos deben elegir a sus representantes por sus resultados, no por la propaganda de los partidos.
«En las acciones de los hombres, y sobre todo de los príncipes,
donde no hay tribunal ante quien apelar, se mira el resultado.»
—Nicolás Maquiavelo, El Príncipe, cap. XVIII
CARLOS HERNÁNDEZ TORRES
Las campañas no empiezan con ideas: empiezan con dinero. Carretadas de dinero que no se gastan en resolver un solo problema, sino en fabricar una imagen —un maquillaje, un tinte de pelo, un chascarrillo, una sonrisa en la barda, un espectacular sobre el segundo piso, un jingle que nadie pidió—
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Al candidato no se le escoge por su capacidad para arreglar nada; lo unge su padrino de partido, que apuesta por su rostro y su docilidad, no por su oficio.
Y el derroche, que se justifica en nombre del ciudadano, termina donde empezó: en manos de los mismos que lo ordenaron —los dirigentes, sus familiares, los operadores, los proveedores, los dueños de los espectaculares, la cofradía que vive de la política sin gobernar jamás—
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Antes de que usted vote, ya se gastaron una fortuna en convencerlo de mirar la cara y no las manos. Por eso saber elegir no es un lujo cívico: es la única defensa que le queda a los ciudadanos frente a una industria diseñada para que elija mal y enriquecer a unos cuantos. No hace falta nombrarlos, los conocemos todos, los rostros de siempre.
EL MERCADO DE LAS PROMESAS
Toda campaña es una feria y su única mercancía es la promesa. Se ofrece de todo porque nada cuesta: agua para el que no la tiene, seguridad para el que la perdió, empleo para el que lo busca, honestidad para el que ya dejó de creer en ella.
La promesa es la moneda perfecta de la política porque reúne tres virtudes que ningún otro instrumento tiene juntas: es gratis, es futura y es infinita. No hay presupuesto que limite lo que un candidato puede prometer, porque la promesa no se paga al emitirse; se paga —si acaso— años después, cuando ya nadie lleva la cuenta. Ahí está la trampa. Votamos sobre un catálogo de futuros y luego descubrimos que nadie firmó garantía.
LA ASIMETRÍA ENTRE LA PROMESA Y LAS SOLUCIONES
Entre la promesa y el problema resuelto hay una asimetría que decide elecciones sin que la nombremos.
La promesa es una hipótesis sobre el futuro; el problema resuelto es un hecho del pasado. La primera se sostiene sobre la fe; el segundo, sobre la prueba.
1.Al político no le cobramos nunca la promesa incumplida: le perdonamos la promesa olvidada, que es más barata y más cómoda para todos. Nadie paga por lo que prometió y no hizo. En cambio, lo que sí hizo deja rastro: una obra, una cifra, una calle, un expediente que se puede verificar.
Vote por hechos, no por hipótesis. Vote por lo que ya ocurrió, no por lo que le juran que ocurrirá. Que quede claro: el pasado no garantiza el futuro. Gobernar es siempre apostar a lo que aún no ocurre. Pero el hecho cumplido es la única prueba de que quien le pide el voto sabe hacer, y lo que viaja de ayer a mañana no es el resultado —ese ya pasó—, sino el oficio que lo produjo.
UN BACHE NO TIENE IDEOLOGÍA
El problema es la verdadera unidad de la ciudadanía, y lo es por una razón que la política de partido detesta: el problema une donde el partido divide. Un bache no tiene ideología. El agua que no llega no distingue entre quien vota a la izquierda y quien vota a la derecha. La clínica sin médico, el foco fundido de la esquina, la escuela sin techo: son concretos, son locales, son verificables, y —esto es lo decisivo— convocan a vecinos que jamás compartirían un partido.
Ahí reside la fuerza de movilización, y conviene verla desde las dos sillas. Reunir a la gente en torno a una bandera es difícil, porque la bandera divide. Reunirla en torno a un problema es natural, porque el problema ya la juntó antes de que llegara el político.
Por eso quien quiera movilizar a una sociedad no debe buscar consignas: debe buscar problemas concretos que muchos compartan y nadie haya resuelto. Y por eso mismo usted, en su silla de votante, tiene ya la brújula: el problema que lo une con su vecino es la misma vara con la que debe medir al que le pide el voto.
DIAGNOSTICAR NO ES RESOLVER
Cuidado con la trampa más elegante: confundir al que nombra el problema con el que lo resuelve. El país está lleno de diagnosticadores brillantes. Describen la pobreza con estadística fina, denuncian la corrupción con indignación impecable, explican la inseguridad con teoría de sobra. Y gobiernan —o aspiran a gobernar— territorios que siguen exactamente igual.
Nombrar bien un problema no es resolverlo; a veces es apenas la coartada para no resolverlo. El discurso que solo diagnostica le pide el voto a cambio de haber entendido su dolor. No basta. Al que le duele la muela no le sirve el dentista que describe la caries con precisión y no la saca. Pregunte siempre: ¿qué cerró usted, no qué entendió?
UN MÉTODO SENCILLO PARA ELEGIR CANDIDATOS
Aquí va una guía posible: sencilla porque tiene que serlo, para que sirva al elegir candidatos opositores.
Primero, nombre un problema. Uno concreto, de su calle, su colonia, su municipio. No «la corrupción»: el contrato que se robaron. No «la inseguridad»: la esquina donde asaltan. El problema debe ser tan concreto que se pueda señalar con el dedo.
2. Segundo, exija la prueba. A cada aspirante, tres preguntas en este orden, y ninguna sobre el futuro.
Primera: ¿qué sabe hacer? —qué oficio, qué competencia real trae, más allá del cargo que persigue—. Segunda: ¿qué ha hecho? —no qué puestos ocupó, sino qué dejó hecho en ellos—. Y entonces la decisiva: ¿qué problema parecido a este ya resolvió, con qué, cuándo, y cómo lo compruebo?
Saber hacer sin haber hecho es promesa con currículum. Haber hecho sin haber resuelto esto es historial sin puntería. Solo las tres juntas prueban algo. Quien conteste con una promesa, descártelo; quien conteste con una obra verificable, anótelo.
No exija que la prueba venga de un cargo. Al opositor que nunca gobernó no le pida el expediente público que no pudo tener; pídale el problema cerrado donde haya sido: un negocio que hizo caminar, un litigio que ganó, una obra de su colonia que administró sin que se la robaran, un pleito que otros daban por perdido y él resolvió.
El puesto no prueba el oficio; el problema resuelto sí, haya ocurrido dentro del gobierno o fuera de él. Lo que descalifica no es carecer de cargo. Es no haber cerrado nunca nada.
Desconfíe de la respuesta que parece prueba y es compra: repartir no es resolver. El que pavimenta con sobreprecio, el que llena la despensa la víspera del voto, el que inaugura el puente que no hacía falta, también le enseña una obra y también le da una cifra.
Pero el favor no cierra el problema: lo alquila. La obra que resuelve queda y sirve a todos; el reparto se agota en quien lo recibe y vuelve cada elección a cobrar su renta. No pregunte solo qué hizo, sino a quién le sirve todavía.
Tercero, vote el historial, no el catálogo. El voto no es un boleto de rifa que se juega a la esperanza; es un recibo que se firma por trabajo entregado. Fírmelo a favor de quien ya entregó.
Cuarto, no suelte el problema después de la elección. El voto es un anticipo, no un finiquito. El problema que lo llevó a las urnas es la vara con la que medirá al que ganó, un año después y el siguiente. La rendición de cuentas no termina el día de la votación: apenas empieza.
EL CIUDADANO COMO TRIBUNAL
Maquiavelo escribió que donde no hay tribunal ante quien apelar, solo se mira el resultado. Tenía razón, pero le faltaba una palabra: el tribunal existe, y es usted. El día de la elección, el ciudadano es el único juez que le queda al poder, y solo tiene sentido que juzgue por lo único que no se puede fingir: los resultados.
No elija al que mejor promete. Prometer es gratis, y lo gratis no vale. Elija a quien haya resuelto un problema —cualquiera, pequeño, verificable—, porque quien resolvió uno puede resolver otro, y quien nunca resolvió nada solo sabe prometer que lo hará.
¿Y por qué habría de resolver lo grande quien solo probó en lo pequeño? Porque resolver no es cuestión de tamaño sino de oficio: el que cerró un problema chico tuvo que hacer lo mismo que exige uno grande—entender la causa, conseguir los medios y vencer al que se beneficiaba de que nada cambiara—
Cambia la escala, no el método. Quien no lo hizo ni en lo pequeño no ha dado una sola prueba de que sepa; el que lo hizo, dio la única que existe.
