¡Miserables!: Gustavo A Vicencio

0

«La miseria moral es invisible para quien la padece, 

pero evidente para quienes sufren sus consecuencias»

Vicente Gauta

      La verdadera decadencia de un gobierno no comienza cuando fracasa su economía ni cuando pierde popularidad. Comienza cuando pierde toda autoridad moral para distinguir entre la justicia y la venganza. Eso es exactamente lo que hoy representa morena.

      La detención de Ernesto Ruffo Appel, el primer gobernador de oposición en derrotar al viejo partido de Estado y uno de los símbolos de la transición democrática mexicana, quedará registrada como mucho más que un episodio judicial. Será recordada como el retrato de un régimen dispuesto a utilizar todo el poder del Estado para enviar un mensaje político. No corresponde a nadie condenar o absolver anticipadamente a Ernesto Ruffo. Esa responsabilidad es de los tribunales. Pero resulta imposible ignorar la forma en que un hombre de 74 años fue detenido y exhibido como si se tratara del más peligroso de los delincuentes, antes de que exista una sentencia firme que destruya la presunción de inocencia que la Constitución reconoce a todo mexicano. Las imágenes hablan por sí solas. No muestran solamente a un exgobernador detenido. Muestran al poder disfrutando la humillación pública de un adversario. Y ahí aparece la verdadera miseria moral del morenismo. No en la aplicación de la ley, sino en su utilización selectiva. Porque mientras el Estado despliega toda su fuerza contra una figura histórica de la oposición, millones de mexicanos observan cómo diversos personajes del oficialismo, sobre quienes durante años han recaído señalamientos públicos, investigaciones periodísticas o denuncias relacionadas con presuntos vínculos con el crimen organizado o actos de corrupción, no enfrentan el mismo nivel de escrutinio institucional.

      Que nos quede claro. No lo olvidemos. Esto es una cortina de humo para desviar la atención de los verdaderos presuntos delincuentes que no son tocados ni con el pétalo de una carpeta de investigación. No nos confundamos, quienes tienen que ser investigados son la gobernadora de Baja California, el gobernador de Sinaloa, el de Sonora, el de Tamaulipas y muchos morenistas más. Nuestros ojos y atención deben de ser hacia ellos. Exijamos la liberación de Ernesto Ruffo pero no quitemos el dedo del renglón de aquellos sobre los que hay infinidad de pruebas que solo la “justicia” mexicana no quiere ver.

      Morena llegó al poder engañando a la ciudadanía prometiendo terminar con los abusos del viejo régimen. Prometió acabar con la utilización política de las fiscalías, con la persecución de opositores y con la impunidad de los poderosos. Ésa es la tragedia moral del oficialismo: haber cambiado los nombres, pero no las prácticas; haber sustituido a los privilegiados, pero no a los privilegios; haber convertido el discurso de la justicia en un instrumento para debilitar al adversario y fortalecer al aliado. Los autoritarismos nunca comienzan prohibiendo elecciones. Empiezan desacreditando a quienes piensan distinto. Después utilizan las instituciones para intimidarlos. Finalmente logran que la sociedad considere normal que el gobierno decida quién merece todo el peso de la ley y quién merece toda la protección del poder.

      Por eso el caso de Ernesto Ruffo trasciende su persona. Hoy es él. Mañana puede ser un periodista incómodo, un empresario crítico, un académico, un líder social o cualquier ciudadano que se atreva a cuestionar al régimen. La libertad nunca desaparece de golpe. Se extingue cada vez que la sociedad guarda silencio frente a una injusticia porque la víctima pertenece al bando contrario, o porque yo no soy el inculpado. La responsabilidad de que este lamentable hecho no quede impune recae no solo en los partidos políticos. Recae en la sociedad civil. En los ciudadanos que todavía creen que la democracia significa igualdad ante la ley y no obediencia ante el poder.

      Guardar silencio frente a una justicia percibida como selectiva no fortalece al gobierno; debilita a la República. Porque cuando las instituciones dejan de proteger derechos para convertirse en instrumentos de intimidación política, ningún mexicano puede sentirse verdaderamente libre. La mayor amenaza para México no es que un partido gane elecciones. La mayor amenaza es la miseria moral de un gobierno que confunde justicia con revancha, poder con impunidad y democracia con sometimiento. Y cuando esa miseria moral se instala en las instituciones, el siguiente perseguido ya no depende de lo que haya hecho. Depende únicamente de que se atreva a disentir. Esa persona puedes ser tú.  ¡Miserables!

About The Author

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *