Charlar con amigos es la terapia más barata y sincera del mundo
Ayer fue un día muy agradable. Platiqué con mis amigos ingenieros Daniel Martínez y Pepe Guajardo, con el primero a media mañana y por la noche con el segundo. El tema obligado no fue el fútbol, ni la política, no. Fue acerca de la salud de nuestros colegas sobrevivientes. También hablamos de las transformaciones que hemos vivido en el último medio siglo y que son realmente increíbles.
Después ellos regresaron a su vida productiva y mi mente batalló un poco para re encontrarse con 2026. Continué recordando cosas importantes, es decir, cosas simples: lo que comía yo en mi niñez, y con qué me entretenía cuando no había clases.
Recordé que en Monterrey el fútbol no existía, y jugar béisbol no era sencillo, pues debía coincidir que todos los grandes peloteros profesionales estuviéramos desocupados, sobre todo Edgar, el niño que tenía dos guantes de piel: el de cátcher y otro que nos rolábamos en cualquiera de las bases.
Los demás guantes eran hechizos, y no todos traíamos tenis ni gorras beisboleras.
Cuando regresábamos a casa para hacer tareas y dormir, nos molestaba que, para nosotros, no hubieran inventado la televisión (desde 1955 había transmisiones del canal 10, pero en horarios extraños y pocos tenían una consola de TV en casa).
Así que en esas condiciones de ocio, había tiempo para descubrir las maravillas de nuestro sorprendente cuerpo.
Con decirle que aún puedo mover las orejas en paralelo o una por una. Los movimientos de las cejas –una hacia arriba y la otra hacia abajo- algunas veces puedo hacerlo y otras no, sobre todo si me río.
Recuerdo un juego consistente en cerrar los ojos rápido y con fuerza, que provocaba la visión de figuras geométricas y colores exóticos. Eso definitivamente ya no puedo hacerlo, tal vez sea que el resplandor de la pantalla de la computadora me haya disminuido la sensibilidad a los colores, o que se me esté formando una nueva catarata.
Esa es una de las habilidades que me gustaría recuperar pues así no me aburría, mientras ahora trato de distraerme viendo mensajes y videojuegos en mi celular.
Pero nada qué hacer esta modernidad cibernética frente a la maravilla natural que antes disfrutaba como enano.
Aquel ejercicio con los ojos me permitía ver asombrosas figuras, a partir de las cuales yo imaginaba el diseño de edificios, naves espaciales, y bicicletas motorizadas. Qué diferencia con lo que aparece en mi celular, que también son figuras asombrosas, pero que no dan oportunidad de imaginar algo, pues todo es demasiado explícito.
Qué bien me siento cuando hablo personalmente con mis amigos.
