La pelea política de México con un manatí: Andrés Amaro
México ya está ganando el Mundial. Las facilidades de acceso migratorio y la hospitalidad de la calle ante los visitantes han ajustado a la alza la percepción sobre el país en el exterior. Esta modificación también propicia que el mundo dimensione nuestra inseguridad pública bajo una perspectiva más realista, rompiendo la narrativa sobre una situación de peligrosidad inmanente.
Lo anterior explica el empeño de EU por activar el debate a partir de su interpretación en el sentido de que la Presidenta Sheinbaum teme a los Cárteles. En un momento en el que nadie habla de ese tema.
Una controversia de EU con México ahora probablemente incrementaría la simpatía del mundo por nuestro país. Contribuiría a ello el evidente contraste en el trato que autoridades y población de una y otra Nación dan a los demás.
En este contexto, si bien el escenario del Mundial en México es básicamente de orden, existe un riesgo en materia de seguridad interior: que aparezca un evento violento, de origen confuso, dirigido a distorsionar esta imagen favorable que permite al país tener una victoria política en proceso. Y a desestabilizar.
Desde otro ángulo, México se encuentra asumiendo el liderazgo cultural del Mundial de Futbol. Exportando sus símbolos y generando respeto para su identidad y su historia. Imponiendo su espíritu de fiesta e integrando a todos en sus ritos.
Esta empatía ha superado antecedentes. En el Mundial 1970, México, anfitrión, hizo un compromiso colectivo de adhesión con Brasil. Ahora se compromete con todos, especialmente con los desvalidos. El apoyo popular en Tijuana hacia la maltratada Selección de Irán es una muestra. Por lo demás, condolerse desmiente el auge de un culto local a los tiburones y otros depredadores sociales, promovido especialmente por programas de TV.
Por contraste, en EU el Mundial de Futbol no tiene esperanza de configurar una emoción de mayor intensidad que la que puede llegar a expresar un manatí cuando le ofrecen Diezmillo para almorzar. Aunque se acompañe de papas, cebolla, tortillas y salsa.
Otro capítulo de fortaleza política ha consistido en el extrañamiento formal de México ante la entidad organizadora del Mundial por prohibir ésta que comunicadores emplearan el idioma español durante conferencias de prensa. La prohibición fue retirada. Ello significó una afirmación de autoridad del país frente a una corporación que se asume supranacional.
Ese conflicto y otros peores despojan cotidianamente de sentido al tema del Mundial: la inclusión. Ya era un mal antecedente que la entidad organizadora concediera un Premio de la Paz al Presidente de EU, semanas antes de que ese país, al lado de Israel, iniciara una guerra contra Irán. Durante esa guerra, el galardonado amenazó con excluir del mundo a una civilización entera (Irán).
Tan sinsentido como que el Nobel premiara posmortem a Porfirio Díaz por su incansable vocación democrática. Han ocurrido cosas así.
Peor aún: darle rewind al fusilamiento, en 1867, del exGobernador de NL-Coahuila, Santiago Vidaurri, aliado de la Invasión Francesa (1862-1867). Al clicar play, el pelotón ya no lo lleva a su ajusticiamiento, de espaldas, en Santo Domingo. Tampoco se escucha la música de “Los Cangrejos”, sátira contra los traidores. Solo está en el aire el vaivén de “no rompas más / mi pobre corazón…” Diluvia, como entonces. Lo escoltan al Zócalo: “Señor, por aquí… no sea que un ciclotaxi salpique su levita”. Al verlo, una multitud con banderas tricolores lo levanta en andas. Y reivindica: ¡Santiago / hermano / ya eres mexicano!
Si llegaste hasta este punto del video, no te espantes. Despierta. ¿Es solo una pesadilla?
