La comprensión de la verdad, como un don al que hay que compartir y no como una posesión que hay que reclamar
León XIX, “Magnifica humanitas”

La calidad de la política se puede evaluar por su nivel cultural. Es importante la sabiduría para gobernar, o cuando menos sentido común y cierto nivel de preparación. Para percibir cómo es la persona que aspira a ejercer el poder, su discurso es importante. Como bien explican sus raíces etimológicas, significa “acción de correr de un lado para otro, idas y venidas”. Esto es, un modo de comunicar entre el orador y su público, donde se cruzan ideas y emociones.

El discurso ha perdido credibilidad, confianza y veracidad. Está preñado de inercias perversas y no logra ya sus fines para concertar una acción colectiva. Por eso reconforta la encíclica de León XIV, que se incorpora a los grandes textos de la doctrina social cristiana y nos llama a la reflexión sobre los grandes temas de nuestro tiempo.

Hoy el gran desafío es que nuestra precaria situación no empeore. Evidentemente, el tema es político, he ahí la necesidad de que la palabra recupere su capacidad para convencer.

La cultura grecolatina no distinguía ética, política y derecho como los atributos del ser humano para regular su comportamiento. De ahí su gran respeto por la verdad. Fue hasta el Renacimiento que el pensamiento disruptor de Maquiavelo empezó a deslindarlos arrancando un debate que aun hoy aflige a las personas del poder y la academia.

Afirma el papa:

Después de 1989, el colapso de los regímenes comunistas en Europa vino acompañado de una globalización predominantemente económica carente de una arquitectura política capaz de sostener el diálogo y la paz. El resultado está lejos de un auténtico multilateralismo: se presenta más bien como un multipolarismo desordenado y conflictivo donde prevalece la desconfianza hacia el otro.

Y aquí viene el compromiso: “La diplomacia de la Santa Sede asume el principio evangélico de la misericordia como criterio concreto de acción política”. Exige la tarea de todos: “Solo la búsqueda compartida de la verdad de los hechos asumida como bien común puede sentar las bases de una comunicación justa”.

¡Qué enorme dificultad la de nuestros gobernantes para admitir un error y proceder a su corrección! ¡Cómo se esmeran en el cuidado de la apariencia olvidando el contenido! La empresa más importante hoy es entender nuestra realidad y asumir el deber de darle preeminencia al interés nacional. Es un trabajo de depuración y por eso necesita de honestidad y congruencia.

A pesar de los profundos cambios, nadie propone cancelar los parlamentos, las asambleas legislativas, los congresos, porque nunca dejaremos de deliberar en el ánimo de alcanzar consensos. Hay que mejorarlos elevando culturalmente el nivel de nuestros representantes. Depurar el discurso es inevitable.

“Por el bien de todos, primero los pobres”, “Abrazos, no balazos”, “No me vengan con el cuento de que la ley es la ley”, “No mentir, no robar, no traicionar”, “Gobernar no tiene ciencia”, “Vamos a tener un sistema de salud mejor que el de Dinamarca”, “Austeridad republicana”, “90% lealtad, 10% capacidad”, “El pueblo pone y el pueblo quita”, “Soberanía energética y alimentaria”. Ocurrencias demagógicas, frivolidad.

La encíclica se agrega a “Rerum novarum” de León XIII, a “Pacem in terris” de Juan XXIII, a “Popularum progressio” de Pablo VI y “Fratelli tutti” de Francisco I. Todas ellas son un llamado a hacer política, tarea

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