Redes, algoritmos y datos como instrumentos de Poder
El poder emerge cuando un grupo, una institución o una idea logra ser aceptada como legítima por otros. La fuerza por sí sola rara vez es suficiente para sostenerlo a largo plazo. No pertenece exclusivamente a quien gobierna; también se manifiesta en escuelas, hospitales, medios de comunicación, familias y sistemas de conocimiento, según el pensamiento del filósofo francés Michael Foucault, quien murió en 1984, de qué y por qué, suena a chisme y no tiene nada que ver con el tema.
La historia muestra que incluso los gobiernos más poderosos requieren aceptación social, normas compartidas y mecanismos que mantengan estabilidad.
Pero de dónde emerge, ¿cómo se conserva, por qué se pierde y hacia dónde se desplaza?
El poder no aparece de manera espontánea ni permanece inmóvil; se construye mediante relaciones sociales, creencias compartidas, instituciones y formas de conocimiento que le otorgan legitimidad.
Para el filósofo francés, el poder no opera únicamente mediante la fuerza o las leyes. También actúa a través de normas, discursos y prácticas cotidianas que moldean la manera en que pensamos y actuamos.
Actualmente, esta lógica puede observarse con claridad en la ciencia y la tecnología.
En tecnología, plataformas digitales recopilan enormes cantidades de información y generan conocimiento sobre comportamientos humanos.
Las redes sociales, por ejemplo, no obligan directamente a las personas a pensar o actuar de determinada manera, pero sus algoritmos priorizan contenidos, vuelven visibles ciertos temas y dejan otros en segundo plano. Influyendo en gustos, hábitos y opiniones.
La aprobación pública, medida en reacciones, seguidores o tendencias, puede convertirse en una forma de regulación social, pero ¿qué pasa cuándo se crean estas reacciones de manera ficticia?, ¿Qué pasa cuando alguien con dinero invierte millones de pesos en su imagen o en desacreditar la de otra persona? ¿Se puede formar criterio a través de redes sociales? Este es uno de los graves riesgos que trae la tecnología como instrumento de poder.
La ciencia y el conocimiento también influyen en la dirección que toma una sociedad. En salud, organismos científicos y médicos establecen criterios sobre enfermedades y tratamientos. Recordarán como estuvimos encerrados meses y meses por una pandemia, con razón o sin razón, no lo sé. Pero el poder ahí estaba, en la ciencia.
En economía, indicadores como inflación, empleo o crecimiento impactan decisiones políticas y sociales. ¿Quiénes son esos expertos que dicen que nuestro país está estancado? ¿Lo está?
¿Qué compramos? ¿Qué vemos? ¿Cuánto tiempo pasamos conectados? La información se ha convertido en uno de los recursos más valiosos de nuestra época. Gran parte de la vida cotidiana deja rastros digitales capaces de revelar patrones de conducta…
… el poder como los arroyos, encuentra otros caminos; lo vemos circular a través de reglas, expectativas y normas sociales.
En este contexto, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han plantea una reflexión en La sociedad del cansancio. Han dice que la sociedad disciplinaria basada en la vigilancia y la obediencia ha dado paso a una sociedad centrada en el rendimiento, la productividad y la autoexigencia.
La presión ya no llega desde una autoridad externa; ahora muchas exigencias son interiorizadas.
Sentimos la necesidad de ser productivos, mejorar constantemente y optimizar el tiempo.
Todo se convierte en una forma de presión permanente. Nos exigimos hacer cosas productivas sin descanso. Ya no ocupamos que nos saquen el chicote, ahora nosotros mismos nos autoinfligimos productividad.
Cuando una sociedad define qué es “normal”, “saludable”, “correcto” o “desviado”, esas categorías no son neutrales. Influyen en la forma en que las personas se perciben a sí mismas y en cómo organizan su vida.
Es bueno levantarse temprano. Es malo descansar demasiado. Es bueno hacer ejercicio. Es malo quedarse dormido. Es bueno comer frutas y verduras. Son ideas que parecen naturales o evidentes, pero detrás de ellas también existen normas culturales, discursos sociales y sistemas de conocimiento que orientan comportamientos.
En resumen, podemos concluir que el poder no desaparece; cambia de forma. Se desplaza y encuentra nuevas maneras de influir. En la actualidad, la ciencia, la tecnología y la información se han convertido en algunos de los espacios donde se disputa el control y la legitimidad social y a veces se presentan como olas gigantes que nos estallan en la cara.
