En la psicología humana, pocos mecanismos son tan poderosos y destructivos como el afán de mentir para no ver. No se trata solo de ignorar evidencias incómodas, sino de fabricar activamente una realidad alternativa para proteger nuestro proyecto personal —construido con orgullo— o para proteger a nuestro grupo. Cuando este mecanismo se apodera de quienes detentan el poder, el miedo manda desde lo más alto de la cúpula.

Un ejemplo claro y reciente es la respuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum ante las acusaciones de vínculos entre políticos de Morena y el crimen organizado, como el caso del exgobernador Rubén Rocha Moya. Ante reportes de medios como The Wall Street Journal y The New York Times, así como acusaciones formales del Departamento de Justicia de Estados Unidos, la mandataria ha sido categórica: “Se necesitan pruebas”. Sin embargo, la realidad es que, sin importar la cantidad de pruebas, se tejen excusas para proteger al propio grupo.

La ciudadanía percibe la doble vara: lo que es “prueba irrefutable” cuando afecta al adversario se convierte en “acusación política” cuando toca a los propios. Esto destruye la credibilidad del gobernante.

Lo que vive la presidenta es el patrón clásico del miedo a que la verdad destruya la narrativa oficial. Este miedo se manifiesta en distintas vertientes:

  • Miedo a verse al espejo: Admitir que “los nuestros” también se corrompen genera un malestar insoportable. Es más fácil inventar que “es una persecución” o que “los otros son peores”.
  • Miedo a perder el poder: Reconocer la infiltración del crimen organizado en el propio movimiento fracturaría su base, erosionaría la legitimidad de la “Cuarta Transformación” y abriría grietas internas, como ya está ocurriendo.
  • Miedo a las consecuencias con EU: Las presiones de Estados Unidos —aranceles, extradiciones y la posible escalada de medidas— activan el reflejo soberanista, que sirve de cortina perfecta para no reconocer un problema real.
  • Miedo al clan. El mal más peligroso, como señaló Hannah Arendt, no es el de los monstruos, sino el de gente normal que, por lealtad a un grupo y por miedo al mismo, deja de pensar en el bien de la nación. Se siente amenazada por su propio clan.

Ser rehenes del miedo no es gratis; tiene costos terribles para el país. Si no se reconoce el problema en toda su magnitud, no se pueden aplicar soluciones estructurales. El narco seguirá penetrando instituciones locales, controlando territorios y financiando campañas.

Nadie está exento de este mecanismo. Todos, en algún tema que nos toca emocionalmente, hemos preferido una mentira cómoda a una verdad dolorosa. La diferencia radica en el poder: cuando un gobierno es rehén del miedo, las consecuencias se multiplican por millones.

Mientras sigamos siendo rehenes del miedo —personal, partidista o nacional—, seguiremos condenados a repetir errores y a pagar costos cada vez más altos. Como dice Ayn Rand: “Puedes ignorar la realidad, pero no puedes ignorar las consecuencias de ignorar la realidad”.

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