Orden de aprehensión contra Rocha en NY, cuestiona al gobierno de Mexico

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La política mexicana vuelve a mirarse en un espejo incómodo: el de la justicia extranjera. La orden de aprehensión girada en Nueva York contra el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, no es solo un expediente judicial abierto fuera del país; es un cuestionamiento directo a la capacidad del Estado mexicano para investigar, procesar y sancionar a sus propios gobernantes.

El caso ha detonado una reacción predecible pero reveladora. En el Senado de la República, las posturas se han dividido entre quienes apelan a la presunción de inocencia y quienes celebran que sea Estados Unidos quien investigue lo que, aseguran, en México no se quiere tocar. En medio, la institución guarda cautela. No hay juicio político, no hay comisión especial robusta, no hay exigencia formal de rendición de cuentas. Hay silencio administrativo y cálculo político.

El argumento recurrente es jurídico: “no existe causa penal en México”. Es cierto. Pero también es insuficiente. El juicio político no es un proceso penal; es una herramienta para evaluar responsabilidad política cuando están en juego los intereses fundamentales del país. Seguridad, relaciones exteriores y credibilidad institucional lo están hoy.

La pregunta de fondo no es si Rocha Moya es culpable o inocente —eso deberá probarse con evidencia—, sino por qué México espera a que un juez extranjero actúe para siquiera discutir la responsabilidad de uno de sus gobernadores. Cada vez que el Estado mexicano se refugia en la inacción, refuerza la narrativa de que la rendición de cuentas solo es posible fuera de nuestras fronteras.

El costo no es menor. Hacia el exterior, el mensaje es que la soberanía se defiende con discursos, no con instituciones eficaces. Hacia el interior, se normaliza la idea de que el poder político otorga blindaje, y que la justicia llega solo cuando cruza la frontera. Para una democracia que presume transformación y combate a la corrupción, el contraste es brutal.

El Senado enfrenta una disyuntiva histórica. Puede optar por la comodidad del tiempo —esperar, diluir, dejar que el caso se consuma en tribunales ajenos— o puede ejercer sus facultades políticas para enviar una señal clara: en México, la responsabilidad pública no se delega al extranjero.

No se trata de linchamientos ni de sumisión ante Estados Unidos. Se trata de algo más básico y más urgente: demostrar que la soberanía no es un concepto retórico, sino una práctica cotidiana. Porque cuando los gobernadores solo son investigados fuera del país, lo que está en entredicho no es un nombre propio, sino la autoridad moral y política del Estado mexicano.

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