Ante la mediocridad, urge cambiar el rumbo: Gustavo Vicencio
“En el momento en que te conformas con menos de lo que mereces,
obtienes incluso menos de lo que te conformaste”
Maureen Dowd
En semanas recientes, Claudia Sheinbaum ha emitido una serie de declaraciones que, más allá de lo anecdótico, revelan una visión preocupante del país: “si no te alcanza para gasolina premium, usa magna”; “si no tienes para carne, come frijoles con tortilla”; “si quieres pagar menos luz, prende menos focos”. Lo que podría interpretarse como consejos de economía doméstica se transforma, en voz del poder, en un mensaje estructural: la resignación como política pública. El problema no es la lógica detrás de las frases. Nadie cuestiona que existan opciones más baratas o que el consumo responsable sea deseable. El problema es el contexto en el que se dicen y, sobre todo, lo que implican. Porque cuando una nación, que presume estar entre las 20 economías más grandes del mundo y es miembro de la OCDE, escucha a su presidenta sugerir que la solución al nulo crecimiento económico es “ajustarse”, algo no está funcionando en la narrativa del desarrollo.
México no es —ni debería asumirse como— un país condenado a la escasez. Tiene recursos, ubicación estratégica, población joven y acceso a los principales mercados del mundo. Pertenece, al menos en el papel, al grupo de las economías más relevantes del planeta. Sin embargo, el discurso oficial parece más cercano a la administración de la carencia que a la construcción de la abundancia. Este contraste es lo que hace especialmente preocupantes estas declaraciones. Porque no se trata sólo de frases desafortunadas, sino de una visión de país que se filtra en lo cotidiano: una visión donde el objetivo no es que más personas puedan acceder a mejores condiciones de vida, sino que aprendan a vivir con menos. Es, en esencia, una política de expectativas a la baja. Decirle a la ciudadanía que consuma gasolina más barata, menos electricidad o alimentos más baratos puede sonar responsable en un contexto de emergencia o transición. Pero cuando se convierte en un mensaje recurrente, deja de ser una recomendación y se vuelve una renuncia. Renuncia a elevar el ingreso, a mejorar la productividad, a generar condiciones para que las familias puedan aspirar a más.
Y ahí es donde aparece la palabra incómoda: mediocridad. No como insulto, sino como diagnóstico. Porque aspirar a que una sociedad se conforme con lo mínimo, cuando tiene el potencial de ser mucho más, es aceptar un estándar inferior al que se podría alcanzar. Es administrar el estancamiento en lugar de combatirlo. Más aún, este tipo de mensajes erosiona la autoridad internacional del país. ¿Cómo puede México aspirar a tener peso global, a influir en decisiones internacionales, a posicionarse como potencia emergente, si hacia adentro el discurso es de contención y no de expansión? La credibilidad de una nación no se construye sólo con indicadores macroeconómicos, sino con la visión de su proyecto.
Pero aquí es donde nos debe de quedar claro que el futuro no es determinista. El rumbo no debe ser decidido por el poder por decreto y sumisión. La mediocridad no se impone; se permite cuando se normaliza. Es responsabilidad de nosotros los ciudadanos de ponerle un hasta aquí y buscar enderezar el rumbo. La participación ciudadana no es un accesorio de la democracia, es su esencia. Manifestarse —en la organización activa, en las urnas, en el espacio público, en la conversación cotidiana— no es un acto de confrontación gratuita, sino de responsabilidad colectiva. Es la forma en que una sociedad le debe recordar a sus gobernantes que administrar la escasez no es lo correcto. Es un agravio. El verdadero riesgo de este tipo de narrativa no es sólo que normalice la precariedad, sino que reduzca las aspiraciones colectivas. Y cuando una sociedad deja de aspirar, deja de avanzar. Por eso, el contrapeso más importante frente a cualquier intento de instalar la resignación es una ciudadanía activa, crítica e inconforme. México puede —y debe— aspirar a más. No desde la arrogancia, sino desde la conciencia de su potencial. Ser parte de las economías más grandes del mundo no debería ser un dato decorativo, sino un punto de partida para exigir mejores resultados.
La diferencia entre un país que pesa en el mundo y uno que apenas sobrevive no está en sus recursos, sino en su visión de progreso. Y esa visión no puede depender únicamente de quienes gobiernan. Debe nacer también de una ciudadanía que se niegue a conformarse, que cuestione la mediocridad y que, con firmeza, decida corregir el rumbo. Nosotros tenemos la palabra.
