De un lado, Waldo Fernández. El tipo luce impecable,

El cuadrilátero arde. No es fuego sagrado. Tufo a azufre de la política regia mezclado con laca barata. El reloj marca ese ocho de marzo donde el aire pesa. Afuera, la marea violeta ruge, rompe vidrios, grafitea la historia con la furia de mil soles. Adentro, bajo las luces neón parpadeantes del Coliseo del Poder, dos sombras se perfilan.

De un lado, Waldo Fernández. El tipo luce impecable, o eso intenta. Posee esa mirada de burócrata. Ha visto demasiados expedientes y pocas verdades. Un técnico del sistema convertido en rudo por necesidad electoral. Del otro, la reina del trapecio ideológico: Karina Barrón.

Ella entra al ring con paso de diva herida. Su currículum es mapa de saltos mortales entre logotipos partidistas. Ha portado todas las siglas como quien cambia de bolso en temporada de rebajas. La dama de las mil camisas. Algunos dicen «ladina», otros murmuran «ladrona»; la calle, siempre más cruel, le cuelga milagritos de dudosa reputación mientras ella sonríe con esa hilera de dientes blancos financiados por el erario.

El réferi, un fantasma con cara de caos externo. «Es la era de las morras destructoras», parece decir su mueca irónica. En este rincón, la santidad simulada; en aquel, la inmolación por diseño.

Karina sabe jugar la carta de la víctima. Es su mejor llave. Se envuelve en la bandera del género mientras afuera las verdaderas mujeres queman la ciudad. Ella busca el martirio mediático. Quiere ser hoguera. Waldo, un púgil de prosa gris, lanza golpes de legalidad rancia. Ella esquiva con la agilidad de quien ha sobrevivido a tres sexenios cambiando de bando antes del amanecer.

—¡Mírenme! —parece gritar Karina al público de las redes sociales—. ¡Me crucifican por ser mujer, no por mis saltos de fe presupuestal!

Waldo intenta un suplex de coherencia. Inútil. En la lucha libre de la política regia, la coherencia es estorbo. Los dos giran en abrazo mortal. Él representa esa izquierda de seda; ella, el pragmatismo feroz envuelto en tela sintética.

El humo de las bengalas feministas se cuela por los ductos de ventilación. Es aroma a justicia y vandalismo estético. Karina huele la oportunidad. Se lanza desde la tercera cuerda de la demagogia. Waldo recibe el impacto. El público brama. ¿Es una heroína o una villana de telenovela barata producida en los sótanos de la Tesorería?

La política en Monterrey no es ciencia, es una rama de la nota roja con presupuesto de Hollywood.

Hay un tipo de maldad solo floreciendo en los desiertos industriales. Ve en Karina la personificación del sueño americano versión cabrito: ambición desmedida, moral elástica, belleza de catálogo y una capacidad infinita para ignorar la vergüenza.

Waldo está contra las cuerdas. Su discurso de orden se desmorona ante el caos del 8M. Las morras afuera derriban estatuas; Karina, adentro, intenta erigir una propia sobre los escombros de sus antiguas lealtades. Ha sido azul, tricolor, naranja; hoy viste un tono de conveniencia.

La batalla es sucia. No hay honor, solo supervivencia. Karina utiliza su condición femenina como escudo y espada. Sublime hipocresía institucionalizada. Ella se sabe observada. Sabe la juzgan por su vida, por sus robos, por su pasado de saltimbanqui. Entonces, llora. Es una lágrima de cocodrilo entrenado en las mejores escuelas de actuación política.

—¡Violencia política de género! —ruge ella mientras le mete un piquete de ojos a la democracia.

Waldo trastabilla. El conteo inicia. Uno, dos. El sistema la protege. El régimen ama a los sobrevivientes, especialmente a los desmemoriados.

Afuera, el estruendo de vidrio roto marca el clímax. Las mujeres reales no están en el ring; están en la calle exigiendo cabezas. Karina solo exige votos. La ironía es plato servido con mucho picante en esta tierra de cerros y cemento.

El encuentro termina sin ganador claro. En la política de Nuevo León, el empate es la forma más alta de corrupción mutua. Waldo se limpia el sudor. Karina se acomoda el peinado, lista para la siguiente función, para el próximo partido, para el próximo escándalo.

La noche cae sobre el Coliseo. El olor a chamuscado persiste. Karina sale en hombros de sus propios fantasmas. Santa laica de la transa. Mártir de diseño en el mundo donde la verdad murió hace varios procesos electorales.

Caminaron sobre el fango sin ensuciarse los zapatos, porque el fango ya lo traían puesto.

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