Por egoísmo se entiende un amor propio desmedido que olvida el interés general. Muchas veces sin pensarlo caemos en prácticas insufribles que nos impiden disfrutar de algo bueno, tan solo para que otros no puedan disfrutarlo.
Hay cuentos relativos a este fenómeno en todas las civilizaciones, entre ellas existe uno chino, en el que un discípulo pregunta al maestro que era un sabio cuál era la diferencia entre el cielo y el infierno.
Su respuesta, como todas las que daba para formar a sus discípulos fue:
_La diferencia es muy pequeña pero tiene grandes consecuencias.
Para que me entiendas primero te mostraré el infierno.
Y de inmediato llevó al discípulo a una habitación en donde había varias personas sentadas alrededor de una gran olla con arroz caliente.
Pudo ver que todos estaban desesperados porque el hambre les exigía comida y ellos no podían comer porque las cucharas llegaban desde sus asientos hasta la olla, por tanto el mango de esas cucharas era tan largo que rebasaba la medida de su cuerpo y no alcanzaban a llevárselas a su boca. Había un caos en toda la habitación.
De ahí lo llevó a otro cuarto al que le llamó El Cielo.
Estaba el mismo número de personas, una olla de arroz igual a la otra y tenían cucharas largas iguales que las otras.
La diferencia era que allí todos estaban contentos, satisfechos y sin hambre.
_No entiendo, maestro, aquí todos están felices y allá todos enojados, y ambos grupos tienen las mismas condiciones, dijo el discípulo.
_Ya debiste advertir la diferencia. Las cucharas son demasiado largas así que los del cielo han aprendido a alimentarse unos a otros.
El mensaje del maestro chino es que si no fuéramos tan egoístas, ayudaríamos a quienes nos piden ayuda y ellos algún día nos ayudarán a nosotros o a nuestros hijos.

